domingo, 30 de octubre de 2016

Tema I: La decadencia del Imperio romano (siglo III)




INVASIONES BÁRBARAS: Es evidente que la causa final de la caída de Roma fue la invasión de distintos pueblos germanos. También es evidente que la presión militar que ejercieron estos (y otros pueblos no germanos como los hunos, los beréberes o los partos) aceleraron y agravaron la decadencia romana.
 * Una de las principales causas que explican la caída del Imperio Romano, consistió en las diferencias entre el Senado y los Emperadores. El Emperador romano poseía el poder legal para gobernar sobre los asuntos religiosos, civiles y militares del estado, con el Senado actuando como consejero. El Emperador tenía el poder sobre la vida y la muerte, eran poderosos, caprichosos y acaudalados, lo que trajo como consecuencia que se volvieran corruptos, y muchos de ellos se abandonaran a un estilo de vida perverso, inmoral y engañoso. 
 * El poder de la Guardia Pretoriana, la élite de soldados que componían la escolta personal del Emperador, también cayó en un abismo de corrupción política, a tal punto, que su potestad les permitía a este grupo masivo de soldados, decidir cuándo un Emperador debía ser depuesto y cuándo debían nombrar uno nuevo. En cierto punto, la Guardia Pretoriana llegó a subastar el trono del Imperio al mejor postor.
 * El rápido crecimiento de las tierras conquistadas por el Imperio condujo a una necesidad de defender las fronteras y los nuevos territorios de Roma. Los pueblos conquistados, al que muchos romanos se referían como los bárbaros, mostraban un marcado odio hacia sus conquistadores. Los impuestos establecidos a estos pueblos eran tan altos y abusivos que las rebeliones se volvieron un suceso frecuente.
 * Las frecuentes guerras llevadas a cabo por el Imperio, requerían de un presupuesto militar excesivamente grande. El ejército romano se volvió cada vez más numeroso, y la demanda de soldados era imparable. Los bárbaros, una vez conquistados, eran autorizados a unirse al Imperio Romano en calidad de mercenarios extranjeros.
 * El Gobierno Romano se encontraba constantemente amenazado por la bancarrota, en parte debido al alto costo que demandaba el Imperio, y en parte también a su economía estancada, los elevados impuestos y una gran inflación que condujo al final inevitable del Imperio Romano. La mayoría de los habitantes de Roma apenas pudieron disfrutar de la increíble prosperidad de esta nación. Por ejemplo, la cantidad de oro enviada al oriente en pago por bienes de lujo, llevó a una escasez de este mineral para producir las monedas romanas. Como resultado, la moneda romana se devaluó tanto, que el sistema de trueque hubo de ser implantado en una de las mayores civilizaciones conocidas por el mundo.
 * La mano de obra esclava y barata fue otra de las grandes causas que provocaron la caída del Imperio Romano. Los plebeyos de Roma, al no poder competir contra los esclavos, quedaron desempleados y pasaron a depender de las ayudas del Estado. Además de lo anterior, los romanos pusieron en práctica una política de comercio sin restricciones que empeoró aún más la situación de los plebeyos, pues se vieron imposibilitados de competir con el comercio extranjero.
Ante ello, el Gobierno se vio obligado a subsidiar la clase trabajadora de Roma para equilibrar las diferencias de los precios. El resultado final, fue que muchos de los plebeyos decidieron vivir de los subsidios del estado, sacrificando su nivel de vida por la facilidad de una vida ociosa. La evidente diferencia entre los romanos ricos y pobres aumentó aún más.
 * Si los miles de ciudadanos romanos desempleados se hartaron de sus vidas, esto llevó a numerosos disturbios civiles y motines callejeros. El populacho necesitaba encontrar un modo de entretenerse, y los espectaculares juegos de gladiadores comenzaron a llenar el vacío de sus vidas. El costo de estos juegos corría a cargo de los Emperadores, y por ende del Estado, por lo que muchos corruptos políticos patrocinaron los juegos para ganarse el favor y el apoyo del pueblo. El costo de los juegos de gladiadores a veces llegó a representar un tercio de los ingresos totales del Imperio Romano.
 * El número de esclavos se incrementó dramáticamente durante los dos primeros siglos del Imperio Romano. La dependencia del pueblo romano de los esclavos fue tal, que no solo disminuyó la moral, los valores y la ética, sino que propició el estancamiento de cualquier nueva tecnología que pudiera producir bienes de manera más eficiente. Los romanos dependían de la mano de obra esclava para casi todas sus necesidades, y esta dependencia impidió cualquier cambio o crecimiento tecnológico.
 * Por otra parte, el trato despiadado a los esclavos condujo a numerosas rebeliones y Guerras Serviles, siendo la más reconocida de ellas, la encabezada por el famoso gladiador Espartaco. En los últimos siglos del Imperio, y con la llegada del cristianismo, la actitud hacia el esclavo cambió. Con la manumisión (acto de liberar a los esclavos), el número de la servidumbre disminuyó considerablemente, junto a la dependencia de Roma por esta fuerza de trabajo.
 * Durante el período del Imperio Romano, no solo existieron guerras externas, enfrentamientos civiles, peleas callejeras, incendios y rebeliones, sino también desastres naturales como las plagas, la hambruna y los terremotos. Como en todos los períodos y sociedades, las personas buscaban a quién culpar, y eso incluía a la religión.

jueves, 20 de octubre de 2016

Tema I: La vida en Roma


Los romanaos destacaron como urbanistas y como arquitectos. Las ciudades  seguían un modelo con dos calles principales, el cardo y el decumano. En el centro de las mismas se encontraba el foro, en el que estaban los edificios principales, como los templos (para adorar a sus dioses), basílicas (donde se administraba justicia y  se hacían intercambios comerciales) y mercados. Las ciudades contaban además con cloacas y alcantarillado.
En ellas podían disfrutar de los espectáculos públicos que se desarrollaban en los circos (Carreras de cuadrigas), anfiteatros (luchas entre gladiadores y con fieras) y teatros (representaciones de comedias y tragedias), tomar baños en las termas.
Los romanos eran también grandes ingenieros, por lo que construyeron enormes obras públicas, como puentes (para salvar desniveles), acueductos (para transportar agua hasta las ciudades) y calzadas (carreteras que comunicaban todo el imperio), que facilitaban el traslado del ejército y de las mercancías. De hecho, la red de calzadas fue fundamental para el desarrollo del comercio.
Construyeron también columnas y arcos de triunfo para conmemorar grandes victorias en las guerras.
Cuando el Imperio romano de Occidente cayó ante las invasiones germánicas en el año 476 se produjo un retroceso sociopolítico y económico.

                  

 


lunes, 17 de octubre de 2016

Enrique Jardiel Poncela: Un marido sin vocación

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Jardiel Poncela (Madrid, 15 de octubre de 1901-Madrid, 18 de febrero de 1952) pertenece a lo que dio en llamar "la otra Generación del 27". Su obra, relacionada con el teatro del absurdo, se alejó del humor tradicional y se acercó a otro más intelectual, inverosímil e ilógico; rompió así con el naturalismo tradicional imperante en el teatro español de la época. Esto le supuso ser atacado por una gran parte de la crítica de su tiempo, ya que su humor hería los sentimientos más sensibles y abría un abanico de posibilidades cómicas que no siempre eran bien entendidas.



Nota: Narración escrita por el autor sin utilizar la letra “e”.

Un otoño -muchos años atrás-, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial.
-¡Hay un matrimonio próximo, pollos! -advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al Casino y toparon con los camaradas más íntimos.
-¿Un matrimonio?
-Un matrimonio, sí -corroboró Ramón.
-¿Tuyo?
-Mío.
-¿Con una muchacha?
-¡Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo?
-¿Y cuándo ocurrirá la cosa?
-Lo ignoro.
-¿Cómo?
-No conozco aún a la novia. Ahora voy a buscarla…
Y Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad.
A las dos horas conoció a Silvia, una chica algo rubia, algo baja, algo gorda, algo sosa, algo rica y algo idiota; hija única y suscriptora contumaz a La moda y la Casa (publicación para muchachas sin novio).
Y al año, todos los amigos fuimos a la boda. ¡La boda! ¡Bah!… Una boda como todas las bodas: galas blancas, azahar por todos lados, alfombras, música sacra, bimbas, sonrisas, codazos, almohadón para hincar las rodillas los novios y para hincar las rodillas los padrinos; lunch, sandwichs duros como un fiscal…
Al onzavo sandwich hubo una fuga súbita por la sacristía y un auto pasó raudo, y unos gritos brotaron:
-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivan los novios! ¡Vivaaan!
Y los amigos cogimos otro sandwich -dozavo- y otra copita. Y allí acabó la cosa.

Mas, para Ramón Camomila, la cosa no había acabado allí…
Al contrario: allí daba principio.
Y al subir con su novia al auto fugitivo, vio claro, vio clarísimo: ni amaba a Silvia, ni notaba inclinación ninguna al matrimonio, ni sintió su alma con la vocación más mínima por construir un hogar dichoso.
-¡Soy un idiota! -murmuró Ramón-. No valgo para marido, y lo noto cuando ya soy ciudadano casado…
Y corroboró rabioso:
-¡Soy un idiota!
Silvia, arrinconada junto a Ramón, bajaba los ojos con rubor, y al bajar los ojos subía dos mil grados la rabia masculina.
-¡Dios mío! -gruñía Ramón mirándola-. ¡Casado! ¡Casado con una niña insulsa como unas natillas!… No hay ya salvación para mí…, ¡no la hay!
Incapaz para dominar su irritación, dirigió unas palabras durísimas a Silvia.
-¡Prohibido fingir rubor y mirar a la alfombra! -gritó. (Silvia miró al parabrisas con infantil docilidad).
Y Ramón añadió para su sayo, alumbrado por una brusca solución:
-Voy a lograr su odio. Voy a obligarla a suplicar un divorcio rápido. Poco valgo si no logro inspirarla asco con cuatro o cinco burradas a cual más disparatada…
Y tal solución tranquilizó mucho a su alma.

Por lo pronto, al subir a la fotografía (visita clásica tras una boda), Ramón hizo la burrada inicial. Un fotógrafo modoso y finísimo abordó a Ramón y a Silvia.
-Grupo nupcial, ¿no? -indagó.
-Sí -dijo Ramón. Y añadió-: Con una variación.
-¿Cuál?
-La sustitución más original vista hasta ahora… Novio por fotógrafo. Hoy hago yo la foto… ¡Viva la originalidad!
Y Ramón aproximó la máquina y advirtió al asombrado fotógrafo:
-¡Vamos! Coja por la mano a la novia y sonría con ilusión. La cara más alta… ¡Cuidado! ¡Así!… ¡Ya!
Ramón tiró la placa, y a continuación obligó al pago al fotógrafo; guardó los duros y salió con Silvia orondo y dichoso.
-¡Al auto! -mandó. (Silvia ahora iba llorando)-. ¡La cosa marcha! -susurró Ramón.

Al otro día trasladaban sus organismos a Irún. (Lo clásico, asimismo, tras una boda.)
Ramón no quiso subir al vagón con Silvia.
-Yo viajo con los maquinistas -anunció-. Voy a la locomotora… ¡Hasta la vista!
Y subió a la locomotora, y ocupó su actividad ayudando a partir carbón. Al arribar a Irún había adquirido un magnífico color antracita.
***
Ya allí, compró sus harapos a un sordomudo andrajoso, vistió los harapos y marchó a la fonda a buscar a Silvia.
Y tocado con las ropas andrajosas anduvo por Irún, acompañando a Silvia y cogido a su brazo mórbido y distinguido. Nutrido público los miraba al pasar, asombrado.
Silvia sufría cada día más.
-¡La cosa marcha! ¡La cosa marcha! -murmuraba todavía Ramón-. Pronto rogará Silvia un divorcio total. Sigamos con las burradas. Sigamos con la droga antimatrimonial, multiplicando la dosis.
***
Ramón vistió a continuación sus fracs más maravillosos, y al pisar un salón, un dancing u otro lugar público acompañado por Silvia, imitaba a los criados, y con un paño al brazo acudía solícito a todas las llamadas.
Una mañana pintó sus párpados con barniz rojo.
***
Por fin lo trasladaron al manicomio.
Y Ramón asistió a su propia dicha: su contrato matrimonial yacía roto y vivía imposibilitado para otra boda con otra Silvia… 


FIN

Ventanilla de cuentos corrientes, Madrid, 1930

jueves, 13 de octubre de 2016

Tema I: La civilización romana


Roma fue fundada, según la tradición, por dos hermanos gemelos, Rómulo y Remo, que, acompañados de bandidos y vagabundos expulsados de sus propias ciudades, decidieron fundar un nuevo asentamiento junto al Tíber,  el 21 de abril del año 753 a.C.
Tres fueron las etapas de esta civilización:
1.- La Monarquía (del 753 a.C. al 509 a.C)
Durante los dos primeros siglos de existencia de Roma, la ciudad fue gobernada por reyes. El rey, elegido por el senado, concentraba todos los poderes y era un cargo vitalicio. Suyo era el máximo poder militar y religioso. El grupo social dominante era es de los patricios (miembros de familias nobles).
2.- La República (del 509 a.C. al 27 a.C.)
Después de la expulsión del último rey, los romanos iniciaron una nueva forma de gobierno: la República. A partir de ahora serán dos cónsules, elegidos por un año, quienes dirigirán la ciudad en acuerdo con el senado. Tanto los cónsules como los miembros del senado son patricios (miembros de familias nobles).
Durante este período Roma se convierte en una potencia lo que le permite enfrentarse a Cartago, contra quienes mantuvieron tres guerras. La rivalidad romano-cartaginesa llevará a la destrucción de Cartago en el año 146 a.C. durante la tercera guerra púnica. En el período republicano el ejército se convierte en profesional y permanente.
Si bien la organización política de Roma buscaba garantizar la convivencia entre las diferentes fuerzas sociales los enfrentamientos entre plebeyos y patricios son constantes, al reclamar los primeros más derechos. Finalmente, los plebeyos sí podrán elegir a sus representantes, los tribunos, que podrán oponerse a determinadas decisiones.
En esta etapa se produce la unificación territorial de la península itálica y la expansión por el Mediterráneo.
3.- El Imperio (del 27 a.C al 476 d.C)
Este período empieza en el año 27 a.C con Octavio Augusto como emperador y durará hasta la desaparición de Rómulo Augústulo, el último emperador romano de Occidente, en el año 476 d.C.
Los territorios conquistados por Roma alcanzan su máxima extensión en tiempos de Trajano.
Si bien el período abarcado por los siglos I y II d.C fue conocido como Pax Romana, desde el siglo III d.C el imperio romano padeció una serie de crisis militares, políticas y económicas causadas entre otros aspectos por: el debilitamiento del poder del emperador, el fortalecimiento del papel del ejército en las provincias, la presión de los pueblos germánicos por el norte y de los partos y persas por el este, los alimentos empiezan a escasear y aumentan sus precios,...
El imperio sufre un proceso de ruralización de la población. Es decir, la población empieza a trasladarse al campo debido a las dificultades de subsistencia en las ciudades.
Finalmente las invasiones del siglo V d.C van debilitando el Imperio Romano de Occidente hasta que en el año 476 d.C. el pueblo germánico de los Herulios derrocan a Rómulo Augústulo, el último emperador de Roma, que contaba con 10 años de edad.
El Imperio de Oriente durará todavía cerca de mil años más.
 

Mira esta presentación de

, Profesora de Instituto de secundaria


martes, 4 de octubre de 2016

Gabriel García Márquez: El ahogado más hermoso del mundo

   
Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado. 
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo. 
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos. 
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación. 
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró: 
—Tiene cara de llamarse Esteban. 
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas. 
—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro! 
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento. 
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban. 
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. 
Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.


Cuestiones sobre la lectura
Otras cuestiones

domingo, 2 de octubre de 2016

Tema I:Tipos de palabras (I) - Sustantivo, adjetivo, determinante, pronombre

La palabra es la unidad  de la lengua que tiene sentido y en la escritura aparece entre dos pausas. Las palabras pueden ser de distinta categoría gramatical: sustantivos, adjetivos, verbos, adverbios, determinantes, pronombres, preposiciones, conjunciones e interjecciones. Las palabras se combinan entre sí para formar enunciados con los que nos comunicamos los seres humanos.
SUSTANTIVO

   Designa seres y realidades físicas o mentales: personas, animales, objetos, sentimientos, emociones, acciones, cualidades, relaciones, etc. Los sustantivos tienen morfemas de género y número: Pedro, león, carpintero, rosa, belleza, temor, entrada, causa,  año, semana, envejecimiento...


ADJETIVO (o ADJETIVO CALIFICATIVO)
   Indica cualidades, propiedades, estados u otras características de los sustantivos a los que complementa y con los que concuerda en género y número. El adjetivo posee morfemas de grado: positivo, comparativo y superlativo: blanco, veloz, alto, rico, madrileño, facilísimo, aterrador, temible, gracioso...



Crédito de las imágenes del adjetivo


DETERMINANTES 
Los determinantes son partes de la oración que acompañan al nombre para concretarlo y limitar, su significado aportando informaciones como género, número, situación en el espacio, posesión...

Crédito de la imagen

Actividades sobre los determinantes

PRONOMBRES 
Pronombres son las palabras que señalan o representan a personas u objetos, o remiten a hechos ya conocidos por el hablante y el oyente. Podríamos decir que son palabras que sustituyen a los nombres.

  
Ejercicios sobre los sustantivos
Ejercicios sobre los pronombres
Ejercicios sobre los adjetivos
Ejercicios sobre los determinantes