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lunes, 29 de marzo de 2010

Miguel Hernández: las abarcas desiertas

Os dejo ahora este poema de Miguel Hernández lleno de la ternura dramática de un niño por el que la infancia casi que pasó de puntillas; tanto es así que ni los Reyes Magos pasaron por su ventana infantil. Pero ahora en versión ilustrada.

miércoles, 24 de marzo de 2010

Miguel Hernández: Del ay al ay -por el ay

La verdad es que la sensación que se tiene cuando se leen muchos poemas de Miguel Hernández es la tristeza, la pena de vivir. Su vida es una pena tras otra. Su cuna fue muy pobre y su vida fue ir arrastrando penosamente su alma por las tierras de España. Es natural que su compromiso político fuese con el bando republicano; y llegó a alistarse en sus milicias; y con sus dotes literarias arengaba a las tropas.

Él confiesa que la vida, su vida es dolor, dolor desde siempre. La repetición del ay es síntoma de ello.



Hijo soy del ay, mi hijo,

hijo de su padre amargo.

En un ay fui concebido

y en un ay fui engendrado.

Dolor de macho y de hembra

frente al uno el otro: ambos.

En un ay puse a mi madre

el vientre disparatado:

iba la pobre –¡ay, qué peso!–

con mi bulto suspirando.

–¡A y, que voy a malparir!

¡Ay, que voy a malograrlo!

¡Ay, que me apetece esto!

¡Ay, que aquello será malo!

¡Ay, que me duele la madre!

¡Ay, que no puedo llevarlo!

¡Ay, que se me rompe él dentro,

ay, que él afuera! ¡Ay, que paro!

En un ay nací: en un ay

y en un ay, ¡ay! fui criado.

– ¡A y, que me arranca los pechos

a pellizcos y a bocados!

¡Ay, que me deja sin sangre!

¡Ay, que me quiebra los brazos!

¡Ay, que mi amor y mi vida

se quedan sin leche, exhaustos!

¡Ay, que enferma! ¡Ay, que suspira!

¡Ay, que me sale contrario!

D el ay al ay, por ay,

a un ay eterno he llegado.

Vivo en un ay, y en un ay

moriré cuando haga caso

de la tierra que me lleva

del ay al ay trasladado.

¡Ay!, dirá, solo, mi huerto;

¡ay!, llorarán mis hermanos;

¡ay!, gritarán mis amigos,

y ¡ay!, también, cortado, el árbol

que ha de remitir mi caja,

ya tal vez sobre lo alto,

ya tal vez bajo los filos

del hacha fiera en la mano.

E l mundo me duele: ¡ay!

Me duele el vicio, y me paso

las horas de la virtud

con un ay entre los labios.

¡Ay, qué angustia! ¡Ay, qué dolor

de cielos, mares y campos;

de flores, montes y nieves;

de ríos, voces y pájaros!

Por palicos y cañicas

¡ay!, me veo sustentado.

El lilio no me hace señas,

¡ay!, con pañuelito cano.

Las pitas no me defienden,

con sus espadones áridos,

del demonio. Las palmeras

no me quieren hacer alto

por más que viva a la sombra

de estrella de sus palacios.

No me pone la naranja

el ojo redondo y claro,

ni con sus luces porosas

el limón el gusto amargo.

Y ¡adiós!, el aire me dice

cuando pasa por mi lado.

La inmovilidad del monte

no lleva mi sangre al paro,

ni hacia los cielos me tiran

honda ruda y puro raso,

y tengo la carne siempre

pechiabierta a los pecados.

Sucias rachas tumban todas

las cometas que levanto,

y todos los ruy-señores

esquivos y solitarios

se burlan de ver mis sitios

malamente acompañados.

¡Ay!, todo me duele: todo:

¡ay!, lo divino y lo humano.

Silbo para consolar

mi dolor a lo canario,

y a lo ruy-señor, y el silbo,

¡ay! me sale vulnerado.

sábado, 6 de marzo de 2010

Miguel Hernández: Las nanas de la cebolla

Exaltación de la alegría de vivir por parte del padre Miguel Hernández, que aconseja a su hijo que defienda la risa por encima del hambre y las penurias en las que vive. No quiere que sea consciente de las circunstancias por las que él está pasando. Hermoso y gran poema este, no por conocido y repetido, menos valorado.

jueves, 4 de marzo de 2010

Ángel González: El campo de batalla

Nuevamente la sinrazón de la contienda bélica es el argumento de este poema de Ángel González. Todo un alegato por la paz:



Hoy voy a describir el campo
de batalla
tal como yo lo vi, una vez decidida
la suerte de los hombres que lucharon
muchos hasta morir,
otros
hasta seguir viviendo todavía.

No hubo elección:
murió quien pudo,
quien no pudo morir continuó andando,
los árboles nevaban lentos frutos;
era verano, invierno, todo un año
o más quizá, era la vida
entera
aquel enorme día de combate.

Por el Oeste el viento traía sangre,
por el Este la tierra era ceniza,
el Norte entero estaba
bloqueado
por alambradas secas y por gritos,
y únicamente el Sur,
tan sólo
el Sur,
se ofrecía ancho y libre a nuestros ojos.

Pero el Sur no existía:
ni agua, ni luz, ni sombra, ni ceniza
llenaban su oquedad, su hondo vacío:
el Sur era un inmenso precipicio,
un abismo sin fin de donde,
lentos,
los poderosos buitres ascendían.

Nadie escuchó la voz del capitán
porque tampoco el capitán hablaba.
Nadie enterró a los muertos.
Nadie dijo:
"dale a mi novia esto si la encuentras
un día"

Tan sólo alguien remató a un caballo
que, con el vientre abierto,
agonizante,
llenaba con su espanto el aire en sombra:
el aire que la noche amenazaba.

Quietos, pegados a la dura
tierra,
cogidos entre el pánico y la nada,
los hombres esperaban el momento
último,
sin oponerse ya,
sin rebeldía.


Algunos se murieron,
como dije,
y los demás, tendidos, derribados,
pegados a la tierra en paz al fin,
esperan
ya no sé qué
-quizá que alguien les diga:
"amigos, podéis iros, el combate..."
Entre tanto,
es verano otra vez,
y crece el trigo
en el que fue ancho campo de batalla.

miércoles, 3 de marzo de 2010

Ángel González: Primera evocación

Ángel González es autor de una poesía comprometida con el hombre, teñida de ironía fina y de humor. Nació en Oviedo y su infancia estuvo marcada por la sombra de la guerra civil y por la muerte prematura de su padre cuando él apenas tenía dos años. En este poema que os presento el escritor quiere hacer que el lector sienta la insensatez, el sinsentido, de las guerras, que nunca llevan a nada, más que a la destrucción y a la barbarie. El personaje primero es su madre, pero eso es solo la excusa para hablar de la destrucción de la Guerra Civil, que rompió a su familia:



Recuerdo
bien
a mi madre.
Tenía miedo del viento,
era pequeña
de estatura,
la asustaban los truenos,
y las guerras
siempre estaba temiéndolas
de lejos,
desde antes
de la última ruptura
del Tratado suscrito
por todos los ministros de asuntos exteriores.

Recuerdo
que yo no comprendía.
El viento se llevaba
silbando
las hojas de los árboles,
y era como un alegre barrendero
que dejaba las niñas
despeinadas y enteras,
con las piernas desnudas e inocentes.
Por otra parte, el trueno
tronaba demasiado, era imposible
soportar sin horror esa estridencia,
aunque jamás ocurría nada luego:
la lluvia se encargaba de borrar
el dibujo violento del relámpago
y el arco iris ponía
un bucólico fin a tanto estrépito.

Llegó también la guerra de un mal verano.
Llegó después la paz, tras un invierno
todavía peor. Esa vez, sin embargo,
no devolvió lo arrebatado el viento.
Ni la lluvia
pudo borrar las huellas de la sangre.
Perdido para siempre lo perdido,
atrás quedó definitivamente
muerto lo que fue muerto.

Por eso (y por más cosas)
recuerdo muchas veces a mi madre:
cuando el viento
se adueña de las calles de la noche,
y golpea las puertas, y huye, y deja
un rastro de cristales y de ramas
rotas, que al alba
la ciudad muestra desolada y lívida;

cuando el rayo
hiende el aire, y crepita,
y cae en la tierra,
trazando surcos de carbón y fuego,
erizando los lomos de los gatos
y trastocando el norte de las brújulas;

y, sobre todo, cuando
la guerra ha comenzado,
lejos -nos dicen- y pequeña
-no hay por qué preocuparse-, cubriendo
de cadáveres mínimos distantes territorios,
de crímenes lejanos, de huérfanos pequeños...

miércoles, 24 de febrero de 2010

Miguel Hernández: Canción del esposo soldado

Miguel es un hombre de casa; su pensamiento está siempre con los suyos, su esposa y el hijo que esta lleva en su vientre. Hasta el campo de batalla es lugar para detenerse un momento y tomar el lápiz. La evocación de su esposa da sentido a estos versos. Y lo que da sentido a su actividad militar es la lucha por la libertad y por el amor.



He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.

Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.

Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.

Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.

Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.

Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.

lunes, 22 de febrero de 2010

Miguel Hernández: las abarcas desiertas

Os dejo hoy este poema de Miguel Hernández lleno de la ternura dramática de un niño por el que la infancia casi que pasó de puntillas; tanto es así que ni los Reyes Magos pasaron por su ventana infantil.



Por el cinco de enero,
cada enero ponía
mi calzado cabrero
a la ventana fría.

Y encontraban los días
que derriban las puertas,
mis abarcas vacías,
mis abarcas desiertas.

Nunca tuve zapatos,
ni trajes, ni palabras:
siempre tuve regatos,
siempre penas y cabras.

Me vistió la pobreza,
me lamió el cuerpo el río
y del pie a la cabeza
pasto fui del rocío.

Por el cinco de enero,
para el seis, yo quería
que fuera el mundo entero
una juguetería.

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas.

Ningún rey coronado
tuvo pie, tuvo gana
para ver el calzado
de mi pobre ventana.

Toda gente de trono,
toda gente de botas
se rió con encono
de mis abarcas rotas.

Rabié de llanto, hasta
cubrir de sal mi piel,
por un mundo de pasta
y unos hombres de miel.

Por el cinco de enero
de la majada mía
mi calzado cabrero
a la escarcha salía.

Y hacia el seis, mis miradas
hallaban en sus puertas
mis abarcas heladas,
mis abarcas desiertas.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Crisis del Antiguo Régimen

El siglo XVIII ya avanzado es la época en que las cosas en Europa empiezan a cambiar de una manera radical. A este cambio se le conoce con el nombre de la Crisis del Antiguo Régimen.
Creo que sería un buen comienzo una incursión en Wikipedia para conocer más sobre este concepto.
Apuntes sobre el Antiguo Régimen y la Ilustración.
Este enlace es muy completo y aprovechable. Después de leer estos textos, os propongo que hagáis unos ejercicios. O este crucigrama sobre el Antiguo Régimen. La autoevaluación es un ejercicio muy sano.

Este vídeo os aclarará las ideas.




Características y etapas de la Ilustración.
Ideas de la Ilustración. Formas de difusión de estas ideas.
Corrientes literarias del siglo XVIII.
La poesía española a comienzos del siglo XVIII.
La poesía de la Ilustración.
La poesía de fin de siglo.
La Prosa:
- Comienzos del siglo XVIII
- Prosa ilustrada
- Prosa de fin de siglo
El Teatro Neoclásico:
- Comienzos
- Primera mitad del siglo XVIII
- Triunfo del teatro: Leandro F. Moratín



Lecturas:
* Cadalso: Cartas marruecas
* Fábulas de Iriarte
* Fábulas de Iriarte (archivo sonoro)
* Fábulas de Samaniego
* El Contrato social de J. J. Rousseau