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lunes, 5 de abril de 2021

Horacio Quiroga: A la deriva

El hombre pisó algo blancuzco, y en seguida sintió la mordedura en el pie. Saltó adelante, y al volverse con un juramento vio una yaracacusú que, arrollada sobre sí misma, esperaba otro ataque.

El hombre echó una veloz ojeada a su pie, donde dos gotitas de sangre engrosaban dificultosamente, y sacó el machete de la cintura. La víbora vio la amenaza, y hundió más la cabeza en el centro mismo de su espiral; pero el machete cayó de lomo, dislocándole las vértebras.

El hombre se bajó hasta la mordedura, quitó las gotitas de sangre, y durante un instante contempló. Un dolor agudo nacía de los dos puntitos violetas, y comenzaba a invadir todo el pie. Apresuradamente se ligó el tobillo con su pañuelo y siguió por la picada hacia su rancho.

El dolor en el pie aumentaba, con sensación de tirante abultamiento, y de pronto el hombre sintió dos o tres fulgurantes puntadas que, como relámpagos, habían irradiado desde la herida hasta la mitad de la pantorrilla. Movía la pierna con dificultad; una metálica sequedad de garganta, seguida de sed quemante, le arrancó un nuevo juramento.

Llegó por fin al rancho y se echó de brazos sobre la rueda de un trapiche. Los dos puntitos violeta desaparecían ahora en la monstruosa hinchazón del pie entero. La piel parecía adelgazada y a punto de ceder, de tensa. Quiso llamar a su mujer, y la voz se quebró en un ronco arrastre de garganta reseca. La sed lo devoraba.

-¡Dorotea! -alcanzó a lanzar en un estertor-. ¡Dame caña1!

Su mujer corrió con un vaso lleno, que el hombre sorbió en tres tragos. Pero no había sentido gusto alguno.

-¡Te pedí caña, no agua! -rugió de nuevo-. ¡Dame caña!

-¡Pero es caña, Paulino! -protestó la mujer, espantada.

-¡No, me diste agua! ¡Quiero caña, te digo!

La mujer corrió otra vez, volviendo con la damajuana. El hombre tragó uno tras otro dos vasos, pero no sintió nada en la garganta.

-Bueno; esto se pone feo -murmuró entonces, mirando su pie lívido y ya con lustre gangrenoso. Sobre la honda ligadura del pañuelo, la carne desbordaba como una monstruosa morcilla.

Los dolores fulgurantes se sucedían en continuos relampagueos y llegaban ahora a la ingle. La atroz sequedad de garganta que el aliento parecía caldear más, aumentaba a la par. Cuando pretendió incorporarse, un fulminante vómito lo mantuvo medio minuto con la frente apoyada en la rueda de palo.

Pero el hombre no quería morir, y descendiendo hasta la costa subió a su canoa. Sentose en la popa y comenzó a palear hasta el centro del Paraná. Allí la corriente del río, que en las inmediaciones del Iguazú corre seis millas, lo llevaría antes de cinco horas a Tacurú-Pucú.

El hombre, con sombría energía, pudo efectivamente llegar hasta el medio del río; pero allí sus manos dormidas dejaron caer la pala en la canoa, y tras un nuevo vómito -de sangre esta vez- dirigió una mirada al sol que ya trasponía el monte.

La pierna entera, hasta medio muslo, era ya un bloque deforme y durísimo que reventaba la ropa. El hombre cortó la ligadura y abrió el pantalón con su cuchillo: el bajo vientre desbordó hinchado, con grandes manchas lívidas y terriblemente doloroso. El hombre pensó que no podría jamás llegar él solo a Tacurú-Pucú, y se decidió a pedir ayuda a su compadre Alves, aunque hacía mucho tiempo que estaban disgustados.

La corriente del río se precipitaba ahora hacia la costa brasileña, y el hombre pudo fácilmente atracar. Se arrastró por la picada en cuesta arriba, pero a los veinte metros, exhausto, quedó tendido de pecho.

-¡Alves! -gritó con cuanta fuerza pudo; y prestó oído en vano.

-¡Compadre Alves! ¡No me niegue este favor! -clamó de nuevo, alzando la cabeza del suelo. En el silencio de la selva no se oyó un solo rumor. El hombre tuvo aún valor para llegar hasta su canoa, y la corriente, cogiéndola de nuevo, la llevó velozmente a la deriva.

El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única.

El sol había caído ya cuando el hombre, semitendido en el fondo de la canoa, tuvo un violento escalofrío. Y de pronto, con asombro, enderezó pesadamente la cabeza: se sentía mejor. La pierna le dolía apenas, la sed disminuía, y su pecho, libre ya, se abría en lenta inspiración.

El veneno comenzaba a irse, no había duda. Se hallaba casi bien, y aunque no tenía fuerzas para mover la mano, contaba con la caída del rocío para reponerse del todo. Calculó que antes de tres horas estaría en Tacurú-Pucú.

El bienestar avanzaba, y con él una somnolencia llena de recuerdos. No sentía ya nada ni en la pierna ni en el vientre. ¿Viviría aún su compadre Gaona en Tacurú-Pucú? Acaso viera también a su ex patrón mister Dougald, y al recibidor del obraje.

¿Llegaría pronto? El cielo, al poniente, se abría ahora en pantalla de oro, y el río se había coloreado también. Desde la costa paraguaya, ya entenebrecida, el monte dejaba caer sobre el río su frescura crepuscular, en penetrantes efluvios de azahar y miel silvestre. Una pareja de guacamayos cruzó muy alto y en silencio hacia el Paraguay.

Allá abajo, sobre el río de oro, la canoa derivaba velozmente, girando a ratos sobre sí misma ante el borbollón de un remolino. El hombre que iba en ella se sentía cada vez mejor, y pensaba entretanto en el tiempo justo que había pasado sin ver a su ex patrón Dougald. ¿Tres años? Tal vez no, no tanto. ¿Dos años y nueve meses? Acaso. ¿Ocho meses y medio? Eso sí, seguramente.

De pronto sintió que estaba helado hasta el pecho.

¿Qué sería? Y la respiración…

Al recibidor de maderas de mister Dougald, Lorenzo Cubilla, lo había conocido en Puerto Esperanza un viernes santo… ¿Viernes? Sí, o jueves…

El hombre estiró lentamente los dedos de la mano.

-Un jueves…

Y cesó de respirar.





viernes, 12 de enero de 2018

Philip K. Dick: Algunas peculiaridades de los ojos

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Descubrí por puro accidente que la Tierra había sido invadida por una forma de vida procedente de otro planeta. Sin embargo, aún no he hecho nada al respecto; no se me ocurre qué. Escribí al gobierno, y en respuesta me enviaron un folleto sobre la reparación y mantenimiento de las casas de madera. En cualquier caso, es de conocimiento general; no soy el primero que lo ha descubierto. Hasta es posible que la situación esté controlada.
Estaba sentado en mi butaca, pasando las páginas de un libro de bolsillo que alguien había olvidado en el autobús, cuando topé con la referencia que me puso en la pista. Por un momento, no reaccioné. Tardé un rato en comprender su importancia. Cuando la asimilé, me pareció extraño que no hubiera reparado en ella de inmediato.
Era una clara referencia a una especie no humana, extraterrestre, de increíbles características. Una especie, me apresuro a señalar, que adopta el aspecto de seres humanos normales. Sin embargo, las siguientes observaciones del autor no tardaron en desenmascarar su auténtica naturaleza. Comprendí en seguida que el autor lo sabía todo. Lo sabía todo, pero se lo tomaba con extraordinaria tranquilidad. La frase (aún tiemblo al recordarla) decía:
… sus ojos pasearon lentamente por la habitación.
Vagos escalofríos me asaltaron. Intenté imaginarme los ojos. ¿Rodaban como monedas? El fragmento indicaba que no; daba la impresión que se movían por el aire, no sobre la superficie. En apariencia, con cierta rapidez. Ningún personaje del relato se mostraba sorprendido. Eso es lo que más me intrigó. Ni la menor señal de estupor ante algo tan atroz. Después, los detalles se ampliaban.
… sus ojos se movieron de una persona a otra.
Lacónico, pero definitivo. Los ojos se habían separado del cuerpo y tenían autonomía propia. Mi corazón latió con violencia y me quedé sin aliento. Había descubierto por casualidad la mención a una raza desconocida. Extraterrestre, desde luego. No obstante, todo resultaba perfectamente natural a los personajes del libro, lo cual sugería que pertenecían a la misma especie.
¿Y el autor? Una sospecha empezó a formarse en mi mente. El autor se lo tomaba con demasiada tranquilidad. Era evidente que lo consideraba de lo más normal. En ningún momento intentaba ocultar lo que sabía. El relato proseguía:
… a continuación, sus ojos acariciaron a Julia.
Julia, por ser una dama, tuvo el mínimo decoro de experimentar indignación. La descripción revelaba que enrojecía y arqueaba las cejas en señal de irritación. Suspiré aliviado. No todos eran extraterrestres. La narración continuaba:
… sus ojos, con toda parsimonia, examinaron cada centímetro de la joven.
¡Santo Dios! En este punto, por suerte, la chica daba media vuelta y se largaba, poniendo fin a la situación. Me recliné en la butaca, horrorizado. Mi esposa y mi familia me miraron, asombrados.
_¿Qué pasa, querido? _preguntó mi mujer.
No podía decírselo. Revelaciones como ésta serían demasiado para una persona corriente. Debía guardar el secreto.
_Nada _respondí, con voz estrangulada.
Me levanté, cerré el libro de golpe y salí de la sala a toda prisa.
Seguí leyendo en el garaje. Había más. Leí el siguiente párrafo, temblando de pies a cabeza:
… su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él accedió de inmediato, sonriente.
No consta qué fue del brazo después que el tipo se lo quitara. Quizá se quedó apoyado en la pared, o lo tiró a la basura. Da igual en cualquier caso, el significado era diáfano.
Era una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad. Ojos, brazos…, y tal vez más. Sin pestañear. En este punto, mis conocimientos de biología me resultaron muy útiles. Era obvio que se trataba de seres simples, unicelulares, una especie de seres primitivos compuestos por una sola célula. Seres no más desarrollados que una estrella de mar. Estos animalitos pueden hacer lo mismo.
Seguí con mi lectura. Y entonces topé con esta increíble revelación, expuesta con toda frialdad por el autor, sin que su mano temblara lo más mínimo:
… nos dividimos ante el cine. Una parte entró, y la otra se dirigió al restaurante para cenar.
Fisión binaria, sin duda. Se dividían por la mitad y formaban dos entidades. Existía la posibilidad que las partes inferiores fueran al restaurante, pues estaba más lejos, y las superiores al cine. Continué leyendo, con manos temblorosas. Había descubierto algo importante. Mi mente vaciló cuando leí este párrafo:
… temo que no hay duda. El pobre Bibney ha vuelto a perder la cabeza.
Al cual seguía:
… y Bob dice que no tiene entrañas.
Pero Bibney se las ingeniaba tan bien como el siguiente personaje. Éste, no obstante, era igual de extraño. No tarda en ser descrito como:
… carente por completo de cerebro.
El siguiente párrafo despejaba toda duda. Julia, que hasta el momento me había parecido una persona normal se revela también como una forma de vida extraterrestre, similar al resto:
… con toda deliberación, Julia había entregado su corazón al joven.
No descubrí a qué fin había sido destinado el órgano, pero daba igual. Resultaba evidente que Julia se había decidido a vivir a su manera habitual, como los demás personajes del libro. Sin corazón, brazos, ojos, cerebro, vísceras, dividiéndose en dos cuando la situación lo requería. Sin escrúpulos.
… a continuación le dio la mano.
Me horroricé. El muy canalla no se conformaba con su corazón, también se quedaba con su mano. Me estremezco al pensar en lo que habrá hecho con ambos, a estas alturas.
… tomó su brazo.
Sin reparo ni consideración, había pasado a la acción y procedía a desmembrarla sin más. Rojo como un tomate, cerré el libro y me levanté, pero no a tiempo de soslayar la última referencia a esos fragmentos de anatomía tan despreocupados, cuyos viajes me habían puesto en la pista desde un principio:
… sus ojos le siguieron por la carretera y mientras cruzaba el prado.
Salí como un rayo del garaje y me metí en la bien caldeada casa, como si aquellas detestables cosas me persiguieran. Mi mujer y mis hijos jugaban al monopolio en la cocina. Me uní a la partida y jugué con frenético entusiasmo. Me sentía febril y los dientes me castañeteaban.
Ya había tenido bastante. No quiero saber nada más de eso. Que vengan. Que invadan la Tierra. No quiero mezclarme en ese asunto.
No tengo estómago para esas cosas.


Al terminar la lectura de este cuento, responde a las siguientes cuestiones:

  • ¿Cuál es el tema del que trata?
  • ¿Cuántos planos de realidad hay en el relato? ¿Qué consigue el narrador con ello?

De las siguientes opciones elija el género al cual pertenece el relato de “Algunas 
peculiaridades de los ojos”.
a. Drama/Comedia  
b. Comedia/Bélica
c. Ciencia-ficción/Comedia
d. Sátira/ciencia ficción.

Cuál es la ironía que plantea el autor Philiph K Dick en su cuento de algunas peculiaridades de los ojos:
a. La invasión extraterrestre en el planeta tierra.
b. La mala interpretación del narrador/lector de novelas de ciencia ficción.
c.  La monstruosidad de lo humano.

d. La mala interpretación del narrador/lector de novelas de amor.

  • ¿Por qué habla de extraterrestres?
  • ¿Qué crees que ocurriría en nuestra vida diaria si interpretáramos los mensajes de forma literal?

lunes, 28 de noviembre de 2016

Leonardo Navarro: El niño que robó una librería




El día había llegado. Era el «día secreto», como le decía el pequeño Timothy. Y Timothy sabía que había llegado. En un sillón de madera de una sala muy particular, había un niño sentado; con ansias de hacer algo o mejor dicho… de oír algo. Ya ustedes se imaginarán quién es el niño.

Timothy esperaba impacientemente sentado en el sillón —por primera vez en mucho tiempo— que su madre lo dejara salir al parque de la plaza, que estaba en el centro del pueblo de donde vivía. Timothy en realidad no iba al parque, él sólo se quedaba en su «lugar secreto».

Timothy recordaba todo lo que había pensado los días pasados; todo lo que había ideado, el plan que había imaginado y que sólo podía llevarse a cabo muy cuidadosamente cuando llegara el momento, cuando llegara «el día secreto».

Un plan que involucraba también su «lugar secreto»: una librería muy vieja.
La librería no tenía nada en especial, era muy pequeña y estaba a punto de quebrar: pero era la única librería del pueblo. Arriba tenía una especie de tabla de madera roja desvencijada que rezaba: LIBRERÍA. Sólo eso, sin nombre, a la gente no le importaba, ¡y tampoco al dueño! La entrada era muy pequeña, y la vidriera también, sin embargo, se podían ver los libros en exhibición desde afuera.
Para Timothy era como el mejor lugar del mundo, un poco extraño para un pequeño de su edad. Timothy aseguraría que un lugar como ese no tenía igual. Lo designó como su «lugar secreto» porque en el pueblo a nadie de su edad —y de ninguna edad, al decir verdad— le gustaba leer y de sólo recordar lo que le había pasado cuando lo vieron leyendo un libro de niños —el primer y único libro que ha leído—, se ponía medio tristón.
Sólo hacía una cosa en su «lugar secreto»: pararse detrás de la vitrina y contemplar los libros que nunca podía adquirir, y de poder adquirir, nunca leer, por muchas razones que atormentaban su cabeza.
—¡TÚ SABES QUE ES VERDAD, IRIS! —dijo Jonathan.
Jonathan era el padrastro de Timothy, el papá real del pequeño había abandonado a su mamá y a él hacía ya varios años. Como de la nada, su madre se había enamorado de nuevo, pero Timothy pensaba que no era amor verdadero, y que sólo eran pareja por necesidad. ¡Y quién se lo imaginaría! A Timothy no le agradaba para nada Jonathan. Era una de esas personas que nunca quería conocer, por su mal carácter y por su poca comprensión con los pequeños. ¡Una combinación terrible!
—¡¿CÓMO PUEDES DECIR ESO ACERCA DEL PEQUEÑO!? —dijo Iris, secándose una lágrima que se derramaba por la mejilla.
Iris. La frágil Iris. Timothy sabía que la fragilidad de él era como la de su madre. «¡Tú me pegaste eso!», le había dicho una vez a su madre. El pequeño veía a su madre como un ser protector, que nunca lo abandonaría. Pero con la llegada de Jonathan, ella se había vuelto más distante. La perdía, ¡sí que la estaba perdiendo! Pero ella era la que le había enseñado el don de leer, algo que siempre tendría en su corazón.
Iris se volvió con Timothy más serena, y le dijo:
—Timothy, ya son las tres. Puedes ir al parque. Recuerda volver temprano, no te quedes jugando con tus amigos…
Amigos. A Timothy esa palabra lo turbaba. Era mejor que le dijeras «busca un cuchillo, y córtate un dedo», que «ve a jugar con tus amigos». Los niños nunca tuvieron agrado por Timothy, ¡debió ser por los deportes! Sí, seguro fue por eso, a Timothy no le gustaban los deportes, le gustaba más leer cualquier cosa.
A Timothy si que le gustaba leer. Pero en este punto es donde todo el mundo se pregunta, ¿cómo el pequeño Timothy alcanzó a leer algo en medio de su caótica vida? Pues, fue algo inoportuno. Timothy había salido como de costumbre a la plaza, ¡ni siquiera conocía la librería!,cuando al llegar, un libro tirado en el suelo lo sorprendió. Fue como un regalo del cielo, dejado por los ángeles. Al abrir aquel libro, que contaba la historia de un niño como él, y que peleaba con sus peores pesadillas, fue cuando se dio cuenta de que era algo maravilloso. Hasta que los niños del pueblo, lo vieron, leyendo el libro. Los niños —que ninguno sabía leer—, se burlaron de él hasta no decir más.
«Mira qué hace, y que leyendo un libro de niñitas. ¡Y no sabe ni patear un balón!», había dicho uno, y otro que le había dicho a sus amigos: «Este niño está loco, salgamos corriendo», fueron los comentarios que más le dolieron al indefenso Timothy. Antes de escapar llorando, había pateado el libro —que ni siquiera había terminado de leer—, y se preguntó que dónde podría encontrar más. Y como un milagro, divisó a lo lejos: «su lugar secreto», Timothy recordaba.
Timothy se levantó del sillón con un salto, caminó hacia la puerta y antes de salir soltó un suspiro y dijo:
—Ellos no son mis amigos.
—¿Pero qué dices?
Timothy hizo como si no hubiera escuchado nada, y mientras se alejaba oyó que su mamá y Jonathan habían reanudado la discusión que tenían.
Desde que Timothy había conocido a Jonathan, Iris y él siempre discutían, se porfiaban de simplezas —tonterías para Timothy— el uno con el otro. Nunca terminaban bien. Al principio Timothy salía corriendo a encerrarse en su cuarto, pero después cuando fue creciendo, le dejó de importar. Timothy se había acostumbrado, pero no era suficiente: Timothy necesitaba el silencio. Ya era hora de que tuviera su privacidad para hacer algo que hizo sólo una vez, y le encantó.
«Siempre es así —pensó Timothy con resentimiento—, gritos por todas partes. Un escándalo todo el tiempo. ¡Pero por qué! ¿Y de qué más estaban discutiendo? De mí, como si yo fuese el problema»
Sólo bajó la cabeza y empezó a caminar por la carretera inclinada que daba hacia el centro del pueblo. Cuando volvió a levantar la cabeza Timothy se dio cuenta del cielo nublado que predecía una llovizna fuerte. Timothy no quería que se arruinase el plan por el tiempo.
Mientras seguía bajando la dañada carretera inclinada repasaba el plan. Lo tenía pensado desde hace días, pero era muy cobarde, no se atrevía. Hasta ese día, «el día secreto», que ya no le quedaba tiempo. Cuando él buscaba formas de conseguir lo que quería, siempre inventaba planes locos, pues Timothy tenía imaginación. Pero claro, ¡éste plan era el más loco!, su mente era tan… ¿infantil?
Timothy llegó a la plaza, y se acomodó la parca porque una fuerte brisa lo azotaba.
La plaza era como la de cualquier otro pueblo olvidado. Las bancas estaban hechas de cemento y estaban quebradas; muy pocas papeleras, pero sin embargo sin un papel en el suelo; gente extraña viéndote y un parque de colores llamativos fantasma salido de una película de terror.
Mientras Timothy atravesaba la plaza para llegar a su «lugar secreto», se iba preparando para lo que le venía. ¡Ya estaba cerca!
La librería estaba igual como la había dejado Timothy: ¡pues abierta! A él le gustaba pensar de ese modo, le gustaba pensar que era dueño de la librería.
Timothy notó que Charles —el dueño de la librería— estaba sumido en la lectura de un libro muy extenso. ¿Cuántas páginas? ¡Como 1000! Timothy sabía todo, le había preguntado hacía tres días a Charles, cuando lo pilló fuera de su librería, que cuál sería su próxima lectura y que si era larga, ¡todo en nombre del plan! «Se llama Los pilares de la tierra, de Ken Follet, ¡tiene como 1000 páginas!», le había dichoCharles. ¡Como 1000! Eran muchas para Timothy, incluso para Charles. Así que Timothy sabía que estaría concentrado para cuando llegase el «día secreto».
«Lo sabía, tenía razón», se apremió Timothy.
Timothy entró, y a pesar de que nunca había entrado, la conocía mejor que todos los demás. El pequeño empezó a rondar las pequeñas estanterías y el dueño de la librería sólo le echó una ojeada.
«Éste es el momento.»
Cuando Charles se paró de su silla bruscamente, dejando caer el pesado libro al suelo, ya era más que tarde. Timothy ya se estaba colocando un libro bajo la parca al salir por la puerta. Charles no dudó ni un segundo al llamar a la policía. Cuando salió, miró en busca de algún policía.
—¡Policía! —exclamó Charles a uno que vio— El muchacho, el de la parca verde, me ha robado un libro, tiene que pagar. ¡Agárrelo! ¡Este pueblo es muy pequeño, no puede escapar!
El policía —que casualmente iba pasando por allí— escuchó todo el escándalo y se puso en búsqueda del niño —Para sorpresa del policía, el muchacho de la parca verde estaba sentado en una banca de la plaza, expectante —¡Oye muchacho! ¡El que está sentado en la banca!
Timothy lo miró nervioso.
—¿S… sí?
—¿Has robado algo?
Timothy miró hacia el suelo empedrado.
—Vamos, no digas mentiras… —dijo Gail, el policía del pueblo. El único.
—Sí, aquí está… —dijo Timothy, sacando de su parca un libro de guerras históricas.
—Oye muchacho, ¿por qué lo has hecho? ¿Cuántos años tienes? ¿Diez?
—Sí, tengo diez… —Timothy iba agregar algo más, pero se calló. No quería arruinar el plan.
El policía pensó un momento. ¿Guerras históricas un niño de diez años?, algo inusual. Y dijo:
—¿Cuál es tu nombre, muchacho?
—Timothy Holt —respondió el pequeño.
—Un libro de guerras históricas…, ¿por qué lo has robado?
—Es que…, lo necesitaba para la escuela.
—¿Y no tienes dinero?
«Si lo tuviera, ¡no lo habría robado!», pensó Timothy.
—Está bien, yo lo pagaré. Ahora devuélvalo…
—Esto no puede quedar así. Creo que ahora hablaremos con tus padres sobre tu castigo, ¿te parece bien?
—¡NO!
Los ojos de Timothy se ensancharon. ¿Qué era lo que le había dicho su mamá? ¿Dónde están las opciones que te daba el policía? Actoseguido, el policía dijo:
—Está bien, pequeño. ¿Qué tal si haces trabajo comunitario o pruebas un tiempo a solas en la celda del pueblo para meditar lo que has hecho?
Timothy se calmó. ¡Allí estaban las opciones! Su mamá le había dicho las dos opciones para redimirte en el pueblo. Trabajo comunitario, o en la celda un tiempo. La justicia no era tan moderna allí. ¡Ni las personas! Apenas la gente robaba algo. O mataba algo.
—Tomaré la opción dos, creo que meditaré mis acciones… —dijo Timothy, como tenía previsto.
—Buena elección… —respondió Gail—, ahora acompáñame.
Gail y Timothy llegaron a la celda del pueblo, estaba dentro del cuartel. Era una celda muy pequeña, era de dos metros por dos metros y sólo tenía un colchón mullido en el suelo.
El policía sacó de su bolsillo un llavero con sólo dos llaves y luego introdujo una llave en la cerradura y no funcionó. Volvió a intentar con la otra. La puerta se abrió y Timothy entró y se sentó en el colchón.
—Dejaré la puerta abierta, sólo estarás un poco menos que una hora aquí… —le dijo el policía al pequeño—, reflexiona lo que has hecho, ¡y que nunca se te ocurra volverlo a hacer! Yo estaré haciendo guardia… y hmm… sí, eso es todo.
Timothy en su cara dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
La sonrisa dejó al policía extrañado, con una interrogante en su cabeza, que no pensaba resolver.
Habían pasado sólo veinte minutos cuando el policía volvió a la celda, Timothy se esforzaba por esconder algo debajo del colchón. El policía vio el forcejeo extraño y ya sospechaba que algo andaba mal.
—Oye, ¿qué haces? —Dijo Gail, acercándose más a la celda.
—N… nada.
El policía vio un libro por detrás de la espalda de Timothy.
—¡Pero qué estás haciendo! ¡Has robado otro libro en el momento que salí! ¿Cómo es posible?
—¡NO!
—¡Y te atreves a negarlo! ¡Pero si he visto un libro por detrás de tu espalda!
El plan iba saliendo bien. Pero ya estaba arruinado. Tuvo que confesarlo.
—Sí, pero no lo robé el momento que usted salió. Lo robé junto con el otro. ¡Robe dos libros al mismo tiempo!
—¡Tonterías…, éstos muchachos infantiles de ahora! ¡Dame ese libro! —Le dijo a Timothy, arrancándole el libro de sus manos—. ¿Pero qué es esto? ¿Infantil? Ya se me hacía extraño que estuvieras feliz en esta celda… Te habías salido con la tuya, pero no conmigo. ¡Soy más listo! ¡Creíste que me engañarías!
Timothy empezó a llorar, no quería otro regaño más. Su plan estaba estropeado, oh…, su plan.
—¡No lo quise engañar! —Llegó a decir Timothy entre sus sollozos.
Las lagrimas de Timothy aguaron a Gail.
—¿Qué? ¿Qué has dicho?
—Yo no lo quise engañar… —dijo Timothy, secándose las lagrimas.
—¿Y qué querías? —Preguntó Gail, muy extrañado.
—Un momento de paz, tranquilidad —dijo Timothy, calmándose.
—¿Para qué?
—Para leer el libro que nunca terminé. El que me alejó de la triste realidad que vivo, sólo necesitaba paz… esa paz que es tan difícil de encontrar en donde vivo, ¡siempre hay discusiones! ¡Timothy esto, Timothy aquello! ¡YA PARENLO!
Timothy se tapó los oídos.
Gail quedó estupefacto. Nunca había escuchado semejante tipo de declaración, y menos proviniendo de alguien que se veía tan frágil como ese niño.
—Pero… —Gail no encontraba las palabras.
—Yo sólo quise terminarlo, sin que nadie me viera, sin que nadie se burlara. Sin que nadie me molestara… —le dijo al policía con un tono cada vez más apagado.
—¿Lo has terminado?
—No…
La tormenta seguía afuera. Y era lo único que se escuchaba. El cuartel estaba en silencio.
—Pues…, termínalo —dijo Gail.
Timothy levantó la cabeza y sus ojos miraron con angelical gracia al policía.
—No sé qué…
—No digas nada —el policía le dedicó un gesto de disculpas.
Timothy se quedó mirando a Gail por unos segundos más y bajó la mirada. Se quedó pensativo. Luego mostró una sonrisa.
El libro lo agarró, y lo continuó leyendo.
Timothy lo terminó en muy poco tiempo, pero su satisfacción y alegría duró para siempre: pues el plan, ¡su querido plan!, había resultado.

lunes, 17 de octubre de 2016

Enrique Jardiel Poncela: Un marido sin vocación

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Jardiel Poncela (Madrid, 15 de octubre de 1901-Madrid, 18 de febrero de 1952) pertenece a lo que dio en llamar "la otra Generación del 27". Su obra, relacionada con el teatro del absurdo, se alejó del humor tradicional y se acercó a otro más intelectual, inverosímil e ilógico; rompió así con el naturalismo tradicional imperante en el teatro español de la época. Esto le supuso ser atacado por una gran parte de la crítica de su tiempo, ya que su humor hería los sentimientos más sensibles y abría un abanico de posibilidades cómicas que no siempre eran bien entendidas.



Nota: Narración escrita por el autor sin utilizar la letra “e”.

Un otoño -muchos años atrás-, cuando más olían las rosas y mayor sombra daban las acacias, un microbio muy conocido atacó, rudo y voraz, a Ramón Camomila: la furia matrimonial.
-¡Hay un matrimonio próximo, pollos! -advirtió como saludo a su amigo Manolo Romagoso cuando subían juntos al Casino y toparon con los camaradas más íntimos.
-¿Un matrimonio?
-Un matrimonio, sí -corroboró Ramón.
-¿Tuyo?
-Mío.
-¿Con una muchacha?
-¡Claro! ¿Iba a anunciar mi boda con un cazador furtivo?
-¿Y cuándo ocurrirá la cosa?
-Lo ignoro.
-¿Cómo?
-No conozco aún a la novia. Ahora voy a buscarla…
Y Ramón Camomila salió como una bala a buscar novia por la ciudad.
A las dos horas conoció a Silvia, una chica algo rubia, algo baja, algo gorda, algo sosa, algo rica y algo idiota; hija única y suscriptora contumaz a La moda y la Casa (publicación para muchachas sin novio).
Y al año, todos los amigos fuimos a la boda. ¡La boda! ¡Bah!… Una boda como todas las bodas: galas blancas, azahar por todos lados, alfombras, música sacra, bimbas, sonrisas, codazos, almohadón para hincar las rodillas los novios y para hincar las rodillas los padrinos; lunch, sandwichs duros como un fiscal…
Al onzavo sandwich hubo una fuga súbita por la sacristía y un auto pasó raudo, y unos gritos brotaron:
-¡Adiós! ¡Adiós! ¡Vivan los novios! ¡Vivaaan!
Y los amigos cogimos otro sandwich -dozavo- y otra copita. Y allí acabó la cosa.

Mas, para Ramón Camomila, la cosa no había acabado allí…
Al contrario: allí daba principio.
Y al subir con su novia al auto fugitivo, vio claro, vio clarísimo: ni amaba a Silvia, ni notaba inclinación ninguna al matrimonio, ni sintió su alma con la vocación más mínima por construir un hogar dichoso.
-¡Soy un idiota! -murmuró Ramón-. No valgo para marido, y lo noto cuando ya soy ciudadano casado…
Y corroboró rabioso:
-¡Soy un idiota!
Silvia, arrinconada junto a Ramón, bajaba los ojos con rubor, y al bajar los ojos subía dos mil grados la rabia masculina.
-¡Dios mío! -gruñía Ramón mirándola-. ¡Casado! ¡Casado con una niña insulsa como unas natillas!… No hay ya salvación para mí…, ¡no la hay!
Incapaz para dominar su irritación, dirigió unas palabras durísimas a Silvia.
-¡Prohibido fingir rubor y mirar a la alfombra! -gritó. (Silvia miró al parabrisas con infantil docilidad).
Y Ramón añadió para su sayo, alumbrado por una brusca solución:
-Voy a lograr su odio. Voy a obligarla a suplicar un divorcio rápido. Poco valgo si no logro inspirarla asco con cuatro o cinco burradas a cual más disparatada…
Y tal solución tranquilizó mucho a su alma.

Por lo pronto, al subir a la fotografía (visita clásica tras una boda), Ramón hizo la burrada inicial. Un fotógrafo modoso y finísimo abordó a Ramón y a Silvia.
-Grupo nupcial, ¿no? -indagó.
-Sí -dijo Ramón. Y añadió-: Con una variación.
-¿Cuál?
-La sustitución más original vista hasta ahora… Novio por fotógrafo. Hoy hago yo la foto… ¡Viva la originalidad!
Y Ramón aproximó la máquina y advirtió al asombrado fotógrafo:
-¡Vamos! Coja por la mano a la novia y sonría con ilusión. La cara más alta… ¡Cuidado! ¡Así!… ¡Ya!
Ramón tiró la placa, y a continuación obligó al pago al fotógrafo; guardó los duros y salió con Silvia orondo y dichoso.
-¡Al auto! -mandó. (Silvia ahora iba llorando)-. ¡La cosa marcha! -susurró Ramón.

Al otro día trasladaban sus organismos a Irún. (Lo clásico, asimismo, tras una boda.)
Ramón no quiso subir al vagón con Silvia.
-Yo viajo con los maquinistas -anunció-. Voy a la locomotora… ¡Hasta la vista!
Y subió a la locomotora, y ocupó su actividad ayudando a partir carbón. Al arribar a Irún había adquirido un magnífico color antracita.
***
Ya allí, compró sus harapos a un sordomudo andrajoso, vistió los harapos y marchó a la fonda a buscar a Silvia.
Y tocado con las ropas andrajosas anduvo por Irún, acompañando a Silvia y cogido a su brazo mórbido y distinguido. Nutrido público los miraba al pasar, asombrado.
Silvia sufría cada día más.
-¡La cosa marcha! ¡La cosa marcha! -murmuraba todavía Ramón-. Pronto rogará Silvia un divorcio total. Sigamos con las burradas. Sigamos con la droga antimatrimonial, multiplicando la dosis.
***
Ramón vistió a continuación sus fracs más maravillosos, y al pisar un salón, un dancing u otro lugar público acompañado por Silvia, imitaba a los criados, y con un paño al brazo acudía solícito a todas las llamadas.
Una mañana pintó sus párpados con barniz rojo.
***
Por fin lo trasladaron al manicomio.
Y Ramón asistió a su propia dicha: su contrato matrimonial yacía roto y vivía imposibilitado para otra boda con otra Silvia… 


FIN

Ventanilla de cuentos corrientes, Madrid, 1930

miércoles, 17 de marzo de 2010

Miguel Delibes: adiós, gracias


En estos días en que los asuntos familiares hacen que los ánimos pasen por horas bajas, hemos tenido que acompañar nuestras congojas con la noticia triste de la desaparición de un escritor que he seguido y leído desde hace mucho tiempo.
Hombre sencillo, de gesto amigable, escritor por vocación y periodista de profesión, lo que me gustó siempre de él fue su maestría en el manejo del español. Era capaz de transmitir las emociones más sinceras e intensas con palabras muy sencillas. Sabía llegar a los lectores sin necesidad de alardes complicados. Su técnica era el conocimiento y el dominio íntimo de la palabra, valerse de lo que de manera clara refiere a los objetos cercanos. Y por supuesto, como otro noventayochista, su conocimiento de Castilla y su amor por la tierra, por sus gentes. Su pasión de cazador está detrás de todo ello. De cazador que respeta los ciclos naturales y comprende, porque es capaz de analizarla, la labor cinegética.

Qué decir de esas Viejas historias de Castilla la Vieja, deliciosas por su naturalidad; qué ternura la de esos niños de El camino; qué autenticidad en Las ratas; qué prodigioso El hereje; qué sinceridad en Señora de rojo sobre fondo gris. La sombra del ciprés es alargada es una obra de iniciación de extraordinaria belleza. Cinco horas con Mario abre nuevos caminos en la manera de contar las cosas. Y Los santos inocentes es el reflejo de su pasión por la caza. Y hasta la nueva democracia que se abría paso en el año 78 fue objeto de su pluma en El disputado voto del señor Cayo.

Por todo ello, me gustaría darle las gracias sinceras por haberme hecho disfrutar de su prosa sencilla y natural. GRACIAS, Miguel.

Página oficial de Delibes.

Miguel Delibes: La obra literaria

Especial de El País dedicado al escritor.

Especial de Público.

También el mundo dedica una sección especial a Miguel Delibes: El castellano conciso.

Delibes en el Centro Virtual Cervantes.

Programa de Radio Nacional de España dedicado al escritor vallisoletano.

La RAE hará un homenaje a Delibes el próximo 15 de abril.

viernes, 5 de marzo de 2010

El Lazarillo de Tormes no es anónimo


Ya hace años que se venía diciendo. Prestigiosos filólogos habían encontrado indicios que orientaban las miradas a Diego Hurtado de Mendoza, pero no se contaba con documentos que pudieran afirmar nada en ese sentido. La paleógrafa Mercedes Agulló ha conseguido testimonios documentales que podrían confirmar este aserto. Así lo acredita López de Velasco, el albacea testamentario de Hurtado de Mendoza. Las conclusiones se van a publicar pronto en un nuevo libro de esta autora, que aparecerá con el título de A vueltas con el autor del Lazarillo.

Primera documentación sobre su autoría (Pablo Jauralde).

miércoles, 3 de febrero de 2010

Un viaje por la locura (Santiago Heredia)

La editorial virtual (Las llaves de la Literatura) del Departamento de Lengua del IES Pablo Neruda sigue fomentando la creación literaria entre los estudiantes. Se publica hoy aquí un muy interesante relato de vuestro compañero Santiago Heredia, que nos habla de las difíciles fronteras entre la realidad y lo que no lo es. Merece una lectura atenta.

Un Viaje Por La Locura

sábado, 23 de enero de 2010

Cumbres Borrascosas


Para este trimestre os he recomendado la lectura de una novela capital en la Literatura Universal, la obra de Emily Brontë Cumbres Borrascosas.

Cumbres Borrascosas cuenta una historia dramática, trágica. Arranca con la llegada al hogar de los Earnshaw del niño Heathcliff, traído por el padre de la familia desde Liverpool. Ignoramos de donde ha salido esta criatura que pronto trastornará por completo la tranquila vida de su familia adoptiva así como la de sus vecinos, los Linton.

Es una historia de amor y de venganza, de odio y locura, de vida y de muerte. Catherine Earnshaw y Heathcliff desarrollan una relación de dependencia mutua a lo largo de su vida, desde la infancia hasta más allá de la muerte. La libertad que Heathcliff representa no es la más idónea para una mujer que pretende ser respetable, y Catherine acabará casándose con el hijo de los Linton, Edgar, magistrado de la región. Éste le dará un hogar, la Granja de los Tordos, y estabilidad.

Noelia Blanco

Hay un grupo musical mexicano con el nombre de esta novela. Puedes escuchar algunas de sus canciones en esta página.



La novela se ha llevado al cine en ocho ocasiones ocasiones, y casi siempre con el nombre del libro. La primera vez fue en 1939 de la mano de William Wyler. Luis Buñuel hizo una versión en el año 1953 con el título de Abismos de pasión y Jacques Rivette la tituló en 1985 Hurlevent. La última se estreenó en 2003.

viernes, 23 de octubre de 2009

Ténica de la narración

Antonio García Megía ha hecho una presentación que deja muy claros los conceptos relacionados con la narración:



O esta otra:


También esta sobre el punto de vista narrativo.
Instrucciones de uso de la ficción.

martes, 13 de octubre de 2009

Todo bajo el cielo, de Matilde Asensi


Elvira, una pintora española afincada en el París de las vanguardias, recibe la noticia de que su marido, con el que está casada por amistad, ha muerto en su casa de Shanghai en extrañas circunstancias. Acompañada por su sobrina, zarpa desde Marsella en barco para recuperar el cadáver de Remy sin saber que éste es sólo el principio de una gran aventura por China en busca del tesoro del Primer Emperador. Sin tiempo para reaccionar se verá perseguida por los mafiosos de la Banda Verde y los eunucos imperiales, y contará con la ayuda del anticuario Lao Jiang y su sabiduría oriental en un gran recorrido que les llevará desde Shangai hasta Xián.

Podéis dejar vuestros comentarios sobre esta novela, que nos ocupa los primeros minutos de cada clase.
Visita la página oficial del libro publicado en 2006. Te puedes descargar el primer capítulo.
Matilde Asensi tiene su propia página.

Si quieres saber acerca de la dinastía Qing puedes leer esto.

Sobre la dinastía Ming puedes aprender si pinchas este enlace.

Los guerreros de Xian:

xian03

La película El último emperador de Bernardo Bertolucci te sitúa en esta época.




Elvira va apuntando sus impresiones en una libreta Moleskine. Si quieres saber cómo son esas libretas, pulsa aquí.

martes, 6 de octubre de 2009

Taller de narrativa


Ya os he dicho que este año vamos a intentar aprender a contar, a sacar de nuestro mundo interior algo que atrape a quien nos lea. Pongamos en palabras lo que nos pasó cuando queríamos coger el autobús y...; contad lo que soñasteis esa noche que...; lo que sentisteis cuando acercasteis los labios a la persona que tanto tilín os hacía; o ese día en que estabais en el campo y quisisteis abrir una botella, y tuvisteis que... Todo esto son sugerencias que podréis completar y crear un universo que está dentro de todos y cada uno de nosotros, que alguna vez hemos pensado pasar al papel, pero no lo hemos hecho por un cierto pudor, por simple vergüenza.
Me gustaría animaros desde aquí a intentar la aventura de CONTAR. Creo que os agradará.

Consejos técnicos sobre el arte de narrar.
La narración. Teoría y actividades.
Este enlace me ha parecido muy interesante.

Os dejo un cuento de uno de los grandes de la narrativa breve, Augusto Monterroso. Se titula El perro que deseaba ser un ser humano:

En la casa de un rico mercader de la Ciudad de México, rodeado de comodidades y de toda clase de máquinas, vivía no hace mucho tiempo un Perro al que se le había metido en la cabeza convertirse en un ser humano, y trabajaba con ahínco en esto.

Al cabo de varios años, y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo, caminaba con facilidad en dos patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser un hombre, excepto por el hecho de que no mordía, movía la cola cuando encontraba a algún conocido, daba tres vueltas antes de acostarse, salivaba cuando oía las campanas de la iglesia, y por las noches se subía a una barda a gemir viendo largamente a la luna.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Crisis del Antiguo Régimen

El siglo XVIII ya avanzado es la época en que las cosas en Europa empiezan a cambiar de una manera radical. A este cambio se le conoce con el nombre de la Crisis del Antiguo Régimen.
Creo que sería un buen comienzo una incursión en Wikipedia para conocer más sobre este concepto.
Apuntes sobre el Antiguo Régimen y la Ilustración.
Este enlace es muy completo y aprovechable. Después de leer estos textos, os propongo que hagáis unos ejercicios. O este crucigrama sobre el Antiguo Régimen. La autoevaluación es un ejercicio muy sano.

Este vídeo os aclarará las ideas.




Características y etapas de la Ilustración.
Ideas de la Ilustración. Formas de difusión de estas ideas.
Corrientes literarias del siglo XVIII.
La poesía española a comienzos del siglo XVIII.
La poesía de la Ilustración.
La poesía de fin de siglo.
La Prosa:
- Comienzos del siglo XVIII
- Prosa ilustrada
- Prosa de fin de siglo
El Teatro Neoclásico:
- Comienzos
- Primera mitad del siglo XVIII
- Triunfo del teatro: Leandro F. Moratín



Lecturas:
* Cadalso: Cartas marruecas
* Fábulas de Iriarte
* Fábulas de Iriarte (archivo sonoro)
* Fábulas de Samaniego
* El Contrato social de J. J. Rousseau