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sábado, 24 de marzo de 2018

El Renacimiento en España: Poesía, teatro y narrativa




Tratado I


1) Lee atentamente el siguiente fragmento del Lazarillo y responde a las cuestiones:

En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle, me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole cómo era hijo de un buen hombre, el cual, por ensalzar la fe, había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él respondió que así lo haría y que me recibía, no por mozo, sino por hijo. Y así le comencé a servir y adestrar a mi nuevo y viejo amo.
Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y, ambos llorando, me dio su bendición y dijo:
-Hijo, ya sé que no te veré más. Procura de ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto; válete por ti.
Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba.
Salimos de Salamanca, y, llegando a la puente, está a la entrada de ella un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y, allí puesto, me dijo:
-Lázaro, llega el oído a este toro y oirás gran ruido dentro de él.
Yo simplemente llegué, creyendo ser así. Y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y diome una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome:
-Necio, aprende, que el mozo del ciego un punto ha de saber más que el diablo.
Y rió mucho la burla.
Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que, como niño, dormido estaba. Dije entre mí: «Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer».

  1. ¿Qué lección aprende Lázaro en este episodio? Explícalo y lo justificas con alguna frase del texto.
  2. Comenta las características que hacen original al Lazarillo y que se detectan en el texto.

2) Busca en un libro o en Internet el episodio del  jarro de vino, de las uvas y de la longaniza en el Tratado I y responde:

  1. Explica en qué consisten cada una de las tretas que emplea Lázaro para beberse el vino, comer uvas o longaniza.
  2. Reflexiona sobre cuál es el motivo que empuja a Lázaro a hacer todo esto.
  3. Comenta cómo acaba Lázaro al final de estos episodios y qué aprendizaje extrae el muchacho de todo esto.
  4. Copia ordenadamente los adjetivos calificativos que Lázaro le aplica a su amo en estos episodios y verás la evolución del concepto que tenía del ciego.

viernes, 12 de enero de 2018

Philip K. Dick: Algunas peculiaridades de los ojos

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Descubrí por puro accidente que la Tierra había sido invadida por una forma de vida procedente de otro planeta. Sin embargo, aún no he hecho nada al respecto; no se me ocurre qué. Escribí al gobierno, y en respuesta me enviaron un folleto sobre la reparación y mantenimiento de las casas de madera. En cualquier caso, es de conocimiento general; no soy el primero que lo ha descubierto. Hasta es posible que la situación esté controlada.
Estaba sentado en mi butaca, pasando las páginas de un libro de bolsillo que alguien había olvidado en el autobús, cuando topé con la referencia que me puso en la pista. Por un momento, no reaccioné. Tardé un rato en comprender su importancia. Cuando la asimilé, me pareció extraño que no hubiera reparado en ella de inmediato.
Era una clara referencia a una especie no humana, extraterrestre, de increíbles características. Una especie, me apresuro a señalar, que adopta el aspecto de seres humanos normales. Sin embargo, las siguientes observaciones del autor no tardaron en desenmascarar su auténtica naturaleza. Comprendí en seguida que el autor lo sabía todo. Lo sabía todo, pero se lo tomaba con extraordinaria tranquilidad. La frase (aún tiemblo al recordarla) decía:
… sus ojos pasearon lentamente por la habitación.
Vagos escalofríos me asaltaron. Intenté imaginarme los ojos. ¿Rodaban como monedas? El fragmento indicaba que no; daba la impresión que se movían por el aire, no sobre la superficie. En apariencia, con cierta rapidez. Ningún personaje del relato se mostraba sorprendido. Eso es lo que más me intrigó. Ni la menor señal de estupor ante algo tan atroz. Después, los detalles se ampliaban.
… sus ojos se movieron de una persona a otra.
Lacónico, pero definitivo. Los ojos se habían separado del cuerpo y tenían autonomía propia. Mi corazón latió con violencia y me quedé sin aliento. Había descubierto por casualidad la mención a una raza desconocida. Extraterrestre, desde luego. No obstante, todo resultaba perfectamente natural a los personajes del libro, lo cual sugería que pertenecían a la misma especie.
¿Y el autor? Una sospecha empezó a formarse en mi mente. El autor se lo tomaba con demasiada tranquilidad. Era evidente que lo consideraba de lo más normal. En ningún momento intentaba ocultar lo que sabía. El relato proseguía:
… a continuación, sus ojos acariciaron a Julia.
Julia, por ser una dama, tuvo el mínimo decoro de experimentar indignación. La descripción revelaba que enrojecía y arqueaba las cejas en señal de irritación. Suspiré aliviado. No todos eran extraterrestres. La narración continuaba:
… sus ojos, con toda parsimonia, examinaron cada centímetro de la joven.
¡Santo Dios! En este punto, por suerte, la chica daba media vuelta y se largaba, poniendo fin a la situación. Me recliné en la butaca, horrorizado. Mi esposa y mi familia me miraron, asombrados.
_¿Qué pasa, querido? _preguntó mi mujer.
No podía decírselo. Revelaciones como ésta serían demasiado para una persona corriente. Debía guardar el secreto.
_Nada _respondí, con voz estrangulada.
Me levanté, cerré el libro de golpe y salí de la sala a toda prisa.
Seguí leyendo en el garaje. Había más. Leí el siguiente párrafo, temblando de pies a cabeza:
… su brazo rodeó a Julia. Al instante, ella pidió que se lo quitara, cosa a la que él accedió de inmediato, sonriente.
No consta qué fue del brazo después que el tipo se lo quitara. Quizá se quedó apoyado en la pared, o lo tiró a la basura. Da igual en cualquier caso, el significado era diáfano.
Era una raza de seres capaces de quitarse partes de su anatomía a voluntad. Ojos, brazos…, y tal vez más. Sin pestañear. En este punto, mis conocimientos de biología me resultaron muy útiles. Era obvio que se trataba de seres simples, unicelulares, una especie de seres primitivos compuestos por una sola célula. Seres no más desarrollados que una estrella de mar. Estos animalitos pueden hacer lo mismo.
Seguí con mi lectura. Y entonces topé con esta increíble revelación, expuesta con toda frialdad por el autor, sin que su mano temblara lo más mínimo:
… nos dividimos ante el cine. Una parte entró, y la otra se dirigió al restaurante para cenar.
Fisión binaria, sin duda. Se dividían por la mitad y formaban dos entidades. Existía la posibilidad que las partes inferiores fueran al restaurante, pues estaba más lejos, y las superiores al cine. Continué leyendo, con manos temblorosas. Había descubierto algo importante. Mi mente vaciló cuando leí este párrafo:
… temo que no hay duda. El pobre Bibney ha vuelto a perder la cabeza.
Al cual seguía:
… y Bob dice que no tiene entrañas.
Pero Bibney se las ingeniaba tan bien como el siguiente personaje. Éste, no obstante, era igual de extraño. No tarda en ser descrito como:
… carente por completo de cerebro.
El siguiente párrafo despejaba toda duda. Julia, que hasta el momento me había parecido una persona normal se revela también como una forma de vida extraterrestre, similar al resto:
… con toda deliberación, Julia había entregado su corazón al joven.
No descubrí a qué fin había sido destinado el órgano, pero daba igual. Resultaba evidente que Julia se había decidido a vivir a su manera habitual, como los demás personajes del libro. Sin corazón, brazos, ojos, cerebro, vísceras, dividiéndose en dos cuando la situación lo requería. Sin escrúpulos.
… a continuación le dio la mano.
Me horroricé. El muy canalla no se conformaba con su corazón, también se quedaba con su mano. Me estremezco al pensar en lo que habrá hecho con ambos, a estas alturas.
… tomó su brazo.
Sin reparo ni consideración, había pasado a la acción y procedía a desmembrarla sin más. Rojo como un tomate, cerré el libro y me levanté, pero no a tiempo de soslayar la última referencia a esos fragmentos de anatomía tan despreocupados, cuyos viajes me habían puesto en la pista desde un principio:
… sus ojos le siguieron por la carretera y mientras cruzaba el prado.
Salí como un rayo del garaje y me metí en la bien caldeada casa, como si aquellas detestables cosas me persiguieran. Mi mujer y mis hijos jugaban al monopolio en la cocina. Me uní a la partida y jugué con frenético entusiasmo. Me sentía febril y los dientes me castañeteaban.
Ya había tenido bastante. No quiero saber nada más de eso. Que vengan. Que invadan la Tierra. No quiero mezclarme en ese asunto.
No tengo estómago para esas cosas.


Al terminar la lectura de este cuento, responde a las siguientes cuestiones:

  • ¿Cuál es el tema del que trata?
  • ¿Cuántos planos de realidad hay en el relato? ¿Qué consigue el narrador con ello?

De las siguientes opciones elija el género al cual pertenece el relato de “Algunas 
peculiaridades de los ojos”.
a. Drama/Comedia  
b. Comedia/Bélica
c. Ciencia-ficción/Comedia
d. Sátira/ciencia ficción.

Cuál es la ironía que plantea el autor Philiph K Dick en su cuento de algunas peculiaridades de los ojos:
a. La invasión extraterrestre en el planeta tierra.
b. La mala interpretación del narrador/lector de novelas de ciencia ficción.
c.  La monstruosidad de lo humano.

d. La mala interpretación del narrador/lector de novelas de amor.

  • ¿Por qué habla de extraterrestres?
  • ¿Qué crees que ocurriría en nuestra vida diaria si interpretáramos los mensajes de forma literal?

viernes, 1 de diciembre de 2017

El laberinto del Minotauro

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Minos era hijo de Zeus, el todo poderoso, y de Europa. De esta unión no solamente nació Minos sino que nacieron dos hijos más: Serpeón y Radamantis. Zeus, queriendo lo mejor para Europa y sus hijos le caso con Asterión, rey de Creta, quien adoptó a Minos y a sus dos hermanos como si fuesen hijos propios. Cuando Asterión muere, Minos quiere todo el poder para él solo y obviamente a sus hermanos les parece un poco egoísta y no están de acuerdo. Pero Minos justifica su postura diciendo que los dioses le destinaban todo el reino y que la prueba de ello es que el cielo le concedería cuanto pidiera.

¿Qué pidió Minos para que le creyerán? Pues no se le ocurrió mejor idea que pedir a Poseidón que hiciese salir un toro del mar y que él a cambio se lo sacrificaría. Por supuesto, Poseidón cumplió su parte, el toro salió mar pero a Minos, le gustó tanto, tanto, tanto el animal que decidió olvidarse de la parte del sacrificio y conservarlo, mandándolo a sus rebaños.



Poseidón se enfadó muchísimo por el incumplimiento de la promesa de Minos y la venganza fue fuerte. Volvió al toro muy furioso además de que, años más tarde la esposa de Minos, Pasífae tuvo un hijo con ese toro. Pregunta obvia, ¿quién es este hijo? Adivináis bien, el Minotauro, que significa toro de Minos.

Situado el origen del minotauro, la siguiente pregunta que me gustaría contestar es la siguiente: ¿cómo creéis que reaccionó Minos cuando vio el aspecto de su hijo? Pues asustado y avergonzado, hasta tal punto que decidió construirle un enorme palacio de nombre Laberinto. Os figuráis con este nombre cuál era su principal característica ¿no? Exacto, el Palacio estaba formado por tal embrollo de salas, pasillos y corredores que nadie salvo el artista que lo construyó, era capaz de encontrar la salida.

Y allí se encerró al Minotauro que únicamente comía carne humana y cada vez se volvía más y más salvaje. 



A la par que se encerraba al Minotauro otro de los hijos de Minos, Androgeo, fue asesinado en Atenas después de una competición olímpica donde había quedado campeón. Ante semejante afrenta Minos, reunió una flota y se dirigió a atacar Atenas, pero como la guerra se estaba prolongando más de lo debido, Minos rogó a Zeus su padre que le ayudase a vengarse de los ateniense y el hambre y la peste azotó la ciudad de Atenas.
Con el paso del tiempo los ateniense extrañados ante la poca efectividad de los sacrificios realizados para doblegar a la peste, consultaron el oráculo y éste les dijo que la única manera que tenían de solucionarlo era dar a Minos lo que les pidiera. Minos exigió que todos los años la ciudad de Atenas debía dar como tributo a Creta siete muchachos y siete doncellas sin armas que serían internados en el Laberinto y allí vagarían perdidos y sin rumbo o hasta que se encontrarse con el Minotauro.
Y ¿cómo acaba la historia? pues como siempre con un joven valeroso que es capaz de vencer a la bestia, en este caso el joven se llama Teseo.

Tras tres tributos la ciudad de Atenas estaba cansada de la historia del Minotauro y de ver embarcar a sus jóvenes para ser devorados, así que comenzaron a murmurar contra Egeo, el rey de Atenas y padre de ese joven valeroso de nombre Teseo.
Teseo, preocupado por la situación y con la intención de calmar a la gente decide ofrecerse voluntario para embarcar hacia Creta, plenamente confiado, eso sí, de que será capaz de vencer al minotauro. Y por supuesto lo vence, pero en este "labor" tiene una ayuda de excepción, Ariadna, una de las hijas de Minos que cuanto ve a Teseo se enamora de él y a cambio de que una vez logrado el triunfo se case con ella y la saque de su patria, da un arma verdaderamente infalible: un ovillo de hilo que le iba a recordar por donde debía salir del Laberinto.
Por supuesto Teseo venció al Minotauro, a puñetazos todo hay que decirlo, y cumplió su promesa con Ariadna, la saco de su patria. Tras hundir a los navíos cretenses para impedir la persecución, Teseo se embarcó de noche acompañado de Ariadna y de los jóvenes atenienses que había salvado del Minotauro. Lo que viene ahora es otra parte de la historia pues en la primera escala que Teseo hizo abandonó a la bella Ariadna, dejándola sola en la isla de Naxos.


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Horacio Quiroga: El almohadón de plumas

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Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer.

Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial.

Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre.

La casa en que vivían influía un poco en sus estremecimientos. La blancura del patio silencioso -frisos, columnas y estatuas de mármol- producía una otoñal impresión de palacio encantado. Dentro, el brillo glacial del estuco, sin el más leve rasguño en las altas paredes, afirmaba aquella sensación de desapacible frío. Al cruzar de una pieza a otra, los pasos hallaban eco en toda la casa, como si un largo abandono hubiera sensibilizado su resonancia.

En ese extraño nido de amor, Alicia pasó todo el otoño. No obstante, había concluido por echar un velo sobre sus antiguos sueños, y aún vivía dormida en la casa hostil, sin querer pensar en nada hasta que llegaba su marido.

No es raro que adelgazara. Tuvo un ligero ataque de influenza que se arrastró

insidiosamente días y días; Alicia no se reponía nunca. Al fin una tarde pudo salir al jardín apoyada en el brazo de él. Miraba indiferente a uno y otro lado. De pronto Jordán, con honda ternura, le pasó la mano por la cabeza, y Alicia rompió en seguida en sollozos, echándole los brazos al cuello. Lloró largamente todo su espanto callado, redoblando el llanto a la menor tentativa de caricia. Luego los sollozos fueron retardándose, y aún quedó largo rato escondida en su cuello, sin moverse ni decir una palabra.

Fue ese el último día que Alicia estuvo levantada. Al día siguiente amaneció

desvanecida. El médico de Jordán la examinó con suma atención, ordenándole calma y descanso absolutos.

-No sé -le dijo a Jordán en la puerta de calle, con la voz todavía baja-. Tiene una gran debilidad que no me explico, y sin vómitos, nada... Si mañana se despierta como hoy, llámeme enseguida.

Al otro día Alicia seguía peor. Hubo consulta. Constatóse una anemia de marcha agudísima, completamente inexplicable. Alicia no tuvo más desmayos, pero se iba visiblemente a la muerte. Todo el día el dormitorio estaba con las luces prendidas y en pleno silencio. Pasábanse horas sin oír el menor ruido. Alicia dormitaba. Jordán vivía casi en la sala, también con toda la luz encendida. Paseábase sin cesar de un extremo a otro, con incansable obstinación. La alfombra ahogaba sus pasos. A ratos entraba en el

dormitorio y proseguía su mudo vaivén a lo largo de la cama, mirando a su mujer cada vez que caminaba en su dirección.

Pronto Alicia comenzó a tener alucinaciones, confusas y flotantes al principio, y que descendieron luego a ras del suelo. La joven, con los ojos desmesuradamente abiertos, no hacía sino mirar la alfombra a uno y otro lado del respaldo de la cama. Una noche se quedó de repente mirando fijamente. Al rato abrió la boca para gritar, y sus narices y labios se perlaron de sudor.

-¡Jordán! ¡Jordán! -clamó, rígida de espanto, sin dejar de mirar la alfombra.

Jordán corrió al dormitorio, y al verlo aparecer Alicia dio un alarido de horror.

-¡Soy yo, Alicia, soy yo!

Alicia lo miró con extravió, miró la alfombra, volvió a mirarlo, y después de largo rato de estupefacta confrontación, se serenó. Sonrió y tomó entre las suyas la mano de su marido, acariciándola temblando.

Entre sus alucinaciones más porfiadas, hubo un antropoide, apoyado en la alfombra sobre los dedos, que tenía fijos en ella los ojos.

Los médicos volvieron inútilmente. Había allí delante de ellos una vida que se acababa, desangrándose día a día, hora a hora, sin saber absolutamente cómo. En la última consulta Alicia yacía en estupor mientras ellos la pulsaban, pasándose de uno a otro la muñeca inerte. La observaron largo rato en silencio y siguieron al comedor.

-Pst... -se encogió de hombros desalentado su médico-. Es un caso serio... poco hay que hacer...

-¡Sólo eso me faltaba! -resopló Jordán. Y tamborileó bruscamente sobre la mesa.

Alicia fue extinguiéndose en su delirio de anemia, agravado de tarde, pero que remitía siempre en las primeras horas. Durante el día no avanzaba su enfermedad, pero cada mañana amanecía lívida, en síncope casi. Parecía que únicamente de noche se le fuera la vida en nuevas alas de sangre. Tenía siempre al despertar la sensación de estar desplomada en la cama con un millón de kilos encima. Desde el tercer día este hundimiento no la abandonó más. Apenas podía mover la cabeza. No quiso que le tocaran la cama, ni aún que le arreglaran el almohadón. Sus terrores crepusculares avanzaron en forma de monstruos que se arrastraban hasta la cama y trepaban dificultosamente por la colcha.

Perdió luego el conocimiento. Los dos días finales deliró sin cesar a media voz. Las luces continuaban fúnebremente encendidas en el dormitorio y la sala. En el silencio agónico de la casa, no se oía más que el delirio monótono que salía de la cama, y el rumor ahogado de los eternos pasos de Jordán.

Alicia murió, por fin. La sirvienta, que entró después a deshacer la cama, sola ya, miró un rato extrañada el almohadón.
-¡Señor! -llamó a Jordán en voz baja-. En el almohadón hay manchas que parecen de sangre.
Jordán se acercó rápidamente Y se dobló a su vez. Efectivamente, sobre la funda, a ambos lados del hueco que había dejado la cabeza de Alicia, se veían manchitas oscuras.
-Parecen picaduras -murmuró la sirvienta después de un rato de inmóvil observación.
-Levántelo a la luz -le dijo Jordán.
La sirvienta lo levantó, pero enseguida lo dejó caer, y se quedó mirando a aquél, lívida y temblando. Sin saber por qué, Jordán sintió que los cabellos se le erizaban.
-¿Qué hay? -murmuró con la voz ronca.
-Pesa mucho -articuló la sirvienta, sin dejar de temblar.
Jordán lo levantó; pesaba extraordinariamente. Salieron con él, y sobre la mesa del comedor Jordán cortó funda y envoltura de un tajo. Las plumas superiores volaron, y la sirvienta dio un grito de horror con toda la boca abierta, llevándose las manos crispadas a los bandós. Sobre el fondo, entre las plumas, moviendo lentamente las patas velludas, había un animal monstruoso, una bola viviente y viscosa. Estaba tan hinchado que apenas se le pronunciaba la boca.
Noche a noche, desde que Alicia había caído en cama, había aplicado sigilosamente su boca -su trompa, mejor dicho- a las sienes de aquélla, chupándole la sangre. La picadura era casi imperceptible. La remoción diaria del almohadón había impedido sin duda su desarrollo, pero desde que la joven no pudo moverse, la succión fue vertiginosa. En cinco días, en cinco noches, había vaciado a Alicia.
Estos parásitos de las aves, diminutos en el medio habitual, llegan a adquirir en ciertas condiciones proporciones enormes. La sangre humana parece serles particularmente favorable, y no es raro hallarlos en los almohadones de pluma.




Después de la lectura, contesta las siguientes preguntas:
4.1. ¿Cuál es la razón del título?
4.2. ¿Cuál es el tema de la narración?
4.3. Escribe un breve resumen del argumento con sus tres momentos (inicio, nudo y desenlace)
4.4. Describe los personajes del cuento
4.5. ¿Dónde suceden los hechos?
4.6. ¿En cuánto tiempo se desarrollan los hechos?

4.7. Redacta una valoración del relato.

jueves, 26 de enero de 2017

Anton Chejov: El espejo curvo (Cuento de Navidad)

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Mi mujer y yo entramos en la sala. Olía a musgo y humedad. Millones de ratas y ratones echaron a correr cuando alumbramos aquellas paredes que durante un siglo entero no habían visto la luz. Cuando cerramos la puerta tras de nosotros, entró una ráfaga de viento y se arremolinaron los papeles, amontonados por los rincones de la estancia. La luz cayó sobre aquellos papeles y distinguimos viejas inscripciones e imágenes medievales. De las paredes, que el tiempo había puesto semiverdosas, colgaban los retratos de mis antepasados. Sus rostros tenían una expresión altiva, severa, como si quisieran decir: 
-¡Buena azotaina te mereces, hermanito! Nuestros pasos resonaban por toda la casa. A mis toses respondía el eco, el mismo eco que en otros tiempos había respondido a mis antepasados. 
El viento ululaba y gemía. Alguien lloraba en el tubo de la chimenea, con llanto en que se percibía una nota de desesperación. Gruesas gotas de agua repicaban en las ventanas oscuras, empañadas, y sus golpes llenaban el ánimo de tristeza. 
-¡Oh, antepasados, antepasados!- dije, suspirando profundamente-. Si fuera escritor, mirando los retratos escribiría una larga novela. Pues cada uno de estos viejos fue en su tiempo joven, y cada uno de ellos o ellas tuvo su novela. ¡y qué novela! Mira, por ejemplo, a esta vieja, mi bisabuela. Esa mujer tan fea y horrible tiene su novelita, que es de extraordinario interés . ¿Ves -pregunté a mi esposa-, ves el espejo que cuelga ahí, en el rincón? 
Y señalé un gran espejo, con negro marco de bronce, colgado en un ángulo de la pared, cerca del retrato de mi bisabuela. 
-Este espejo posee virtudes mágicas y fue la perdición de mi bisabuela, que lo compró por una cantidad enorme y no se separó de él hasta morir. Se miraba en el espejo día y noche, sin cesar; se miraba incluso cuando comía y bebía. Cuando se acostaba, siempre lo ponía a su lado, en la cama, y en trance de muerte pidió que lo colocasen con ella en el ataúd. No lo hicieron así sólo porque el espejo no cupo. 
 -¿Era coqueta? - preguntó la esposa. 
 -Admitámoslo. Pero ¿no tenía, acaso, otros espejos? ¿Por qué tuvo tanto cariño precisamente por éste y no por otro? ¿Le faltaban, acaso, espejos mejores? No, querida; aquí se esconde algún misterio terrible. No puede ser de otro modo. La leyenda dice que en el espejo hay un diablo y que mi bisabuela sentía debilidad por los diablos. Desde luego, esto es absurdo, pero no hay duda de que el espejo con marco de bronce posee una fuerza misteriosa. 
Sacudí el polvo del espejo, lo miré y solté una carcajada. A mi carcajada, respondió sordamente el eco. El espejo era curvo y mi fisonomía se torcía en todas las direcciones; me ví la nariz en la mejilla izquierda; el mentón, desdoblado en dos, se me había desplazado hacia un lado. 
 -¿Qué gusto más raro el de mi bisabuela! -dije. 
Mi mujer se acercó indecisa al espejo, también se miró en él, y enseguida ocurrió algo horrible. Palideció, se puso a temblar convulsivamente de pies a cabeza y lanzó un grito. Se le cayó de la mano el candelabro, que rodó por el suelo, y la vela se apagó. Quedamos sumidos en las tinieblas. En el mismo instante oí caer algo pesado: mi mujer se había desmayado. El viento gimió aún más lastimeramente, empezaron a correr las ratas, entre los papeles se agitaron los ratones. Los pelos se me pusieron de punta cuando se desprendió el postigo de una ventana y se vino abajo. Por la ventana apareció la luna. Levanté a mi mujer y la saqué en brazos de la morada de mis antepasados. No volvió en sí hasta el día siguiente, al atardecer. 
 -¡Ese espejo! ¡Dadme el espejo! -dijo al recobrar el conocimiento-. ¿Dónde está el espejo? 
Durante una semana entera no bebió, no comió, no durmió, no hizo sino pedir que le trajeran el espejo. Lloraba a lágrima viva, se arrancaba los cabellos de la cabeza, se agitaba, y, por fin, cuando el doctor declaró que mi mujer podía morir de consunción, y que su estado era de suma gravedad, vencí mi miedo, bajé otra vez a la antigua mansión y traje de allí el espejo de la bisabuela. Al verlo, mi mujer se echó a reír de felicidad; luego lo agarró, lo besó y se lo quedó mirando, clavados los ojos en él. 
Han transcurrido ya más de diez años y sigue contemplándose en el espejo sin separarse de él ni un solo instante. 
 ¡Es posible que ésta sea yo? -balbucea mientras que en su rostro, a la vez que el color de la púrpura, aparece una expresión de dicha y arrobamiento-. ¡Sí, soy yo! ¡Todo miente, menos este espejo! ¡Mienten las personas, miente mi marido! ¡Oh, si antes me hubiera visto, si hubiera sabido cómo soy en realidad, no me habría casado con ese hombre! ¡Es indigno de mí! ¡A mis pies han de humillarse los caballeros más apuestos, los más nobles!. 
 En cierta ocasión, estando de pie detrás de mi mujer, miré casualmente el espejo y descubrí el espantoso secreto. Vi en el espejo a una mujer de deslumbrante belleza, como nunca había encontrado en mi vida. Era un prodigio de la naturaleza, un armónico acuerdo de hermosura, elegancia y amor. Pero ¿a qué se debía aquello? ¿Qué había sucedido? ¿Cómo era que mi mujer, fea y torpe, pareciera en el espejo tan maravillosa? ¿A qué se debía aquello? Pues a que el espejo curvo torcía el feo rostro de mi mujer en todos los sentidos y por este casual desplazamiento de sus rasgos, su cara resultaba preciosa. Menos por menos daba más. Y ahora, los dos, mi mujer y yo, permanecemos sentados ante el espejo y lo contemplamos sin separarnos de él un solo minuto; la nariz se me mete en la mejilla izquierda, el mentón, desdoblado en dos, se me desplaza hacia un lado, pero la cara de mi mujer es encantadora, y una pasión loca, insensata, se apodera de mí. 
-¡Ja, ja, ja! -suelto riéndome a carcajadas como un salvaje. Mientras mi mujer balbucea, con voz apenas perceptible: -¡Qué hermosa soy!.

Cuestionario acerca del cuento

lunes, 28 de noviembre de 2016

Leonardo Navarro: El niño que robó una librería




El día había llegado. Era el «día secreto», como le decía el pequeño Timothy. Y Timothy sabía que había llegado. En un sillón de madera de una sala muy particular, había un niño sentado; con ansias de hacer algo o mejor dicho… de oír algo. Ya ustedes se imaginarán quién es el niño.

Timothy esperaba impacientemente sentado en el sillón —por primera vez en mucho tiempo— que su madre lo dejara salir al parque de la plaza, que estaba en el centro del pueblo de donde vivía. Timothy en realidad no iba al parque, él sólo se quedaba en su «lugar secreto».

Timothy recordaba todo lo que había pensado los días pasados; todo lo que había ideado, el plan que había imaginado y que sólo podía llevarse a cabo muy cuidadosamente cuando llegara el momento, cuando llegara «el día secreto».

Un plan que involucraba también su «lugar secreto»: una librería muy vieja.
La librería no tenía nada en especial, era muy pequeña y estaba a punto de quebrar: pero era la única librería del pueblo. Arriba tenía una especie de tabla de madera roja desvencijada que rezaba: LIBRERÍA. Sólo eso, sin nombre, a la gente no le importaba, ¡y tampoco al dueño! La entrada era muy pequeña, y la vidriera también, sin embargo, se podían ver los libros en exhibición desde afuera.
Para Timothy era como el mejor lugar del mundo, un poco extraño para un pequeño de su edad. Timothy aseguraría que un lugar como ese no tenía igual. Lo designó como su «lugar secreto» porque en el pueblo a nadie de su edad —y de ninguna edad, al decir verdad— le gustaba leer y de sólo recordar lo que le había pasado cuando lo vieron leyendo un libro de niños —el primer y único libro que ha leído—, se ponía medio tristón.
Sólo hacía una cosa en su «lugar secreto»: pararse detrás de la vitrina y contemplar los libros que nunca podía adquirir, y de poder adquirir, nunca leer, por muchas razones que atormentaban su cabeza.
—¡TÚ SABES QUE ES VERDAD, IRIS! —dijo Jonathan.
Jonathan era el padrastro de Timothy, el papá real del pequeño había abandonado a su mamá y a él hacía ya varios años. Como de la nada, su madre se había enamorado de nuevo, pero Timothy pensaba que no era amor verdadero, y que sólo eran pareja por necesidad. ¡Y quién se lo imaginaría! A Timothy no le agradaba para nada Jonathan. Era una de esas personas que nunca quería conocer, por su mal carácter y por su poca comprensión con los pequeños. ¡Una combinación terrible!
—¡¿CÓMO PUEDES DECIR ESO ACERCA DEL PEQUEÑO!? —dijo Iris, secándose una lágrima que se derramaba por la mejilla.
Iris. La frágil Iris. Timothy sabía que la fragilidad de él era como la de su madre. «¡Tú me pegaste eso!», le había dicho una vez a su madre. El pequeño veía a su madre como un ser protector, que nunca lo abandonaría. Pero con la llegada de Jonathan, ella se había vuelto más distante. La perdía, ¡sí que la estaba perdiendo! Pero ella era la que le había enseñado el don de leer, algo que siempre tendría en su corazón.
Iris se volvió con Timothy más serena, y le dijo:
—Timothy, ya son las tres. Puedes ir al parque. Recuerda volver temprano, no te quedes jugando con tus amigos…
Amigos. A Timothy esa palabra lo turbaba. Era mejor que le dijeras «busca un cuchillo, y córtate un dedo», que «ve a jugar con tus amigos». Los niños nunca tuvieron agrado por Timothy, ¡debió ser por los deportes! Sí, seguro fue por eso, a Timothy no le gustaban los deportes, le gustaba más leer cualquier cosa.
A Timothy si que le gustaba leer. Pero en este punto es donde todo el mundo se pregunta, ¿cómo el pequeño Timothy alcanzó a leer algo en medio de su caótica vida? Pues, fue algo inoportuno. Timothy había salido como de costumbre a la plaza, ¡ni siquiera conocía la librería!,cuando al llegar, un libro tirado en el suelo lo sorprendió. Fue como un regalo del cielo, dejado por los ángeles. Al abrir aquel libro, que contaba la historia de un niño como él, y que peleaba con sus peores pesadillas, fue cuando se dio cuenta de que era algo maravilloso. Hasta que los niños del pueblo, lo vieron, leyendo el libro. Los niños —que ninguno sabía leer—, se burlaron de él hasta no decir más.
«Mira qué hace, y que leyendo un libro de niñitas. ¡Y no sabe ni patear un balón!», había dicho uno, y otro que le había dicho a sus amigos: «Este niño está loco, salgamos corriendo», fueron los comentarios que más le dolieron al indefenso Timothy. Antes de escapar llorando, había pateado el libro —que ni siquiera había terminado de leer—, y se preguntó que dónde podría encontrar más. Y como un milagro, divisó a lo lejos: «su lugar secreto», Timothy recordaba.
Timothy se levantó del sillón con un salto, caminó hacia la puerta y antes de salir soltó un suspiro y dijo:
—Ellos no son mis amigos.
—¿Pero qué dices?
Timothy hizo como si no hubiera escuchado nada, y mientras se alejaba oyó que su mamá y Jonathan habían reanudado la discusión que tenían.
Desde que Timothy había conocido a Jonathan, Iris y él siempre discutían, se porfiaban de simplezas —tonterías para Timothy— el uno con el otro. Nunca terminaban bien. Al principio Timothy salía corriendo a encerrarse en su cuarto, pero después cuando fue creciendo, le dejó de importar. Timothy se había acostumbrado, pero no era suficiente: Timothy necesitaba el silencio. Ya era hora de que tuviera su privacidad para hacer algo que hizo sólo una vez, y le encantó.
«Siempre es así —pensó Timothy con resentimiento—, gritos por todas partes. Un escándalo todo el tiempo. ¡Pero por qué! ¿Y de qué más estaban discutiendo? De mí, como si yo fuese el problema»
Sólo bajó la cabeza y empezó a caminar por la carretera inclinada que daba hacia el centro del pueblo. Cuando volvió a levantar la cabeza Timothy se dio cuenta del cielo nublado que predecía una llovizna fuerte. Timothy no quería que se arruinase el plan por el tiempo.
Mientras seguía bajando la dañada carretera inclinada repasaba el plan. Lo tenía pensado desde hace días, pero era muy cobarde, no se atrevía. Hasta ese día, «el día secreto», que ya no le quedaba tiempo. Cuando él buscaba formas de conseguir lo que quería, siempre inventaba planes locos, pues Timothy tenía imaginación. Pero claro, ¡éste plan era el más loco!, su mente era tan… ¿infantil?
Timothy llegó a la plaza, y se acomodó la parca porque una fuerte brisa lo azotaba.
La plaza era como la de cualquier otro pueblo olvidado. Las bancas estaban hechas de cemento y estaban quebradas; muy pocas papeleras, pero sin embargo sin un papel en el suelo; gente extraña viéndote y un parque de colores llamativos fantasma salido de una película de terror.
Mientras Timothy atravesaba la plaza para llegar a su «lugar secreto», se iba preparando para lo que le venía. ¡Ya estaba cerca!
La librería estaba igual como la había dejado Timothy: ¡pues abierta! A él le gustaba pensar de ese modo, le gustaba pensar que era dueño de la librería.
Timothy notó que Charles —el dueño de la librería— estaba sumido en la lectura de un libro muy extenso. ¿Cuántas páginas? ¡Como 1000! Timothy sabía todo, le había preguntado hacía tres días a Charles, cuando lo pilló fuera de su librería, que cuál sería su próxima lectura y que si era larga, ¡todo en nombre del plan! «Se llama Los pilares de la tierra, de Ken Follet, ¡tiene como 1000 páginas!», le había dichoCharles. ¡Como 1000! Eran muchas para Timothy, incluso para Charles. Así que Timothy sabía que estaría concentrado para cuando llegase el «día secreto».
«Lo sabía, tenía razón», se apremió Timothy.
Timothy entró, y a pesar de que nunca había entrado, la conocía mejor que todos los demás. El pequeño empezó a rondar las pequeñas estanterías y el dueño de la librería sólo le echó una ojeada.
«Éste es el momento.»
Cuando Charles se paró de su silla bruscamente, dejando caer el pesado libro al suelo, ya era más que tarde. Timothy ya se estaba colocando un libro bajo la parca al salir por la puerta. Charles no dudó ni un segundo al llamar a la policía. Cuando salió, miró en busca de algún policía.
—¡Policía! —exclamó Charles a uno que vio— El muchacho, el de la parca verde, me ha robado un libro, tiene que pagar. ¡Agárrelo! ¡Este pueblo es muy pequeño, no puede escapar!
El policía —que casualmente iba pasando por allí— escuchó todo el escándalo y se puso en búsqueda del niño —Para sorpresa del policía, el muchacho de la parca verde estaba sentado en una banca de la plaza, expectante —¡Oye muchacho! ¡El que está sentado en la banca!
Timothy lo miró nervioso.
—¿S… sí?
—¿Has robado algo?
Timothy miró hacia el suelo empedrado.
—Vamos, no digas mentiras… —dijo Gail, el policía del pueblo. El único.
—Sí, aquí está… —dijo Timothy, sacando de su parca un libro de guerras históricas.
—Oye muchacho, ¿por qué lo has hecho? ¿Cuántos años tienes? ¿Diez?
—Sí, tengo diez… —Timothy iba agregar algo más, pero se calló. No quería arruinar el plan.
El policía pensó un momento. ¿Guerras históricas un niño de diez años?, algo inusual. Y dijo:
—¿Cuál es tu nombre, muchacho?
—Timothy Holt —respondió el pequeño.
—Un libro de guerras históricas…, ¿por qué lo has robado?
—Es que…, lo necesitaba para la escuela.
—¿Y no tienes dinero?
«Si lo tuviera, ¡no lo habría robado!», pensó Timothy.
—Está bien, yo lo pagaré. Ahora devuélvalo…
—Esto no puede quedar así. Creo que ahora hablaremos con tus padres sobre tu castigo, ¿te parece bien?
—¡NO!
Los ojos de Timothy se ensancharon. ¿Qué era lo que le había dicho su mamá? ¿Dónde están las opciones que te daba el policía? Actoseguido, el policía dijo:
—Está bien, pequeño. ¿Qué tal si haces trabajo comunitario o pruebas un tiempo a solas en la celda del pueblo para meditar lo que has hecho?
Timothy se calmó. ¡Allí estaban las opciones! Su mamá le había dicho las dos opciones para redimirte en el pueblo. Trabajo comunitario, o en la celda un tiempo. La justicia no era tan moderna allí. ¡Ni las personas! Apenas la gente robaba algo. O mataba algo.
—Tomaré la opción dos, creo que meditaré mis acciones… —dijo Timothy, como tenía previsto.
—Buena elección… —respondió Gail—, ahora acompáñame.
Gail y Timothy llegaron a la celda del pueblo, estaba dentro del cuartel. Era una celda muy pequeña, era de dos metros por dos metros y sólo tenía un colchón mullido en el suelo.
El policía sacó de su bolsillo un llavero con sólo dos llaves y luego introdujo una llave en la cerradura y no funcionó. Volvió a intentar con la otra. La puerta se abrió y Timothy entró y se sentó en el colchón.
—Dejaré la puerta abierta, sólo estarás un poco menos que una hora aquí… —le dijo el policía al pequeño—, reflexiona lo que has hecho, ¡y que nunca se te ocurra volverlo a hacer! Yo estaré haciendo guardia… y hmm… sí, eso es todo.
Timothy en su cara dibujó una sonrisa de oreja a oreja.
La sonrisa dejó al policía extrañado, con una interrogante en su cabeza, que no pensaba resolver.
Habían pasado sólo veinte minutos cuando el policía volvió a la celda, Timothy se esforzaba por esconder algo debajo del colchón. El policía vio el forcejeo extraño y ya sospechaba que algo andaba mal.
—Oye, ¿qué haces? —Dijo Gail, acercándose más a la celda.
—N… nada.
El policía vio un libro por detrás de la espalda de Timothy.
—¡Pero qué estás haciendo! ¡Has robado otro libro en el momento que salí! ¿Cómo es posible?
—¡NO!
—¡Y te atreves a negarlo! ¡Pero si he visto un libro por detrás de tu espalda!
El plan iba saliendo bien. Pero ya estaba arruinado. Tuvo que confesarlo.
—Sí, pero no lo robé el momento que usted salió. Lo robé junto con el otro. ¡Robe dos libros al mismo tiempo!
—¡Tonterías…, éstos muchachos infantiles de ahora! ¡Dame ese libro! —Le dijo a Timothy, arrancándole el libro de sus manos—. ¿Pero qué es esto? ¿Infantil? Ya se me hacía extraño que estuvieras feliz en esta celda… Te habías salido con la tuya, pero no conmigo. ¡Soy más listo! ¡Creíste que me engañarías!
Timothy empezó a llorar, no quería otro regaño más. Su plan estaba estropeado, oh…, su plan.
—¡No lo quise engañar! —Llegó a decir Timothy entre sus sollozos.
Las lagrimas de Timothy aguaron a Gail.
—¿Qué? ¿Qué has dicho?
—Yo no lo quise engañar… —dijo Timothy, secándose las lagrimas.
—¿Y qué querías? —Preguntó Gail, muy extrañado.
—Un momento de paz, tranquilidad —dijo Timothy, calmándose.
—¿Para qué?
—Para leer el libro que nunca terminé. El que me alejó de la triste realidad que vivo, sólo necesitaba paz… esa paz que es tan difícil de encontrar en donde vivo, ¡siempre hay discusiones! ¡Timothy esto, Timothy aquello! ¡YA PARENLO!
Timothy se tapó los oídos.
Gail quedó estupefacto. Nunca había escuchado semejante tipo de declaración, y menos proviniendo de alguien que se veía tan frágil como ese niño.
—Pero… —Gail no encontraba las palabras.
—Yo sólo quise terminarlo, sin que nadie me viera, sin que nadie se burlara. Sin que nadie me molestara… —le dijo al policía con un tono cada vez más apagado.
—¿Lo has terminado?
—No…
La tormenta seguía afuera. Y era lo único que se escuchaba. El cuartel estaba en silencio.
—Pues…, termínalo —dijo Gail.
Timothy levantó la cabeza y sus ojos miraron con angelical gracia al policía.
—No sé qué…
—No digas nada —el policía le dedicó un gesto de disculpas.
Timothy se quedó mirando a Gail por unos segundos más y bajó la mirada. Se quedó pensativo. Luego mostró una sonrisa.
El libro lo agarró, y lo continuó leyendo.
Timothy lo terminó en muy poco tiempo, pero su satisfacción y alegría duró para siempre: pues el plan, ¡su querido plan!, había resultado.

martes, 4 de octubre de 2016

Gabriel García Márquez: El ahogado más hermoso del mundo


   
Los primeros niños que vieron el promontorio oscuro y sigiloso que se acercaba por el mar, se hicieron la ilusión de que era un barco enemigo. Después vieron que no llevaba banderas ni arboladura, y pensaron que fuera una ballena. Pero cuando quedó varado en la playa le quitaron los matorrales de sargazos, los filamentos de medusas y los restos de cardúmenes y naufragios que llevaba encima, y sólo entonces descubrieron que era un ahogado. 
Habían jugado con él toda la tarde, enterrándolo y desenterrándolo en la arena, cuando alguien los vio por casualidad y dio la voz de alarma en el pueblo. Los hombres que lo cargaron hasta la casa más próxima notaron que pesaba más que todos los muertos conocidos, casi tanto como un caballo, y se dijeron que tal vez había estado demasiado tiempo a la deriva y el agua se le había metido dentro de los huesos. Cuando lo tendieron en el suelo vieron que había sido mucho más grande que todos los hombres, pues apenas si cabía en la casa, pero pensaron que tal vez la facultad de seguir creciendo después de la muerte estaba en la naturaleza de ciertos ahogados. Tenía el olor del mar, y sólo la forma permitía suponer que era el cadáver de un ser humano, porque su piel estaba revestida de una coraza de rémora y de lodo. 
No tuvieron que limpiarle la cara para saber que era un muerto ajeno. El pueblo tenía apenas unas veinte casas de tablas, con patios de piedras sin flores, desperdigadas en el extremo de un cabo desértico. La tierra era tan escasa, que las madres andaban siempre con el temor de que el viento se llevara a los niños, y a los muertos que les iban causando los años tenían que tirarlos en los acantilados. Pero el mar era manso y pródigo, y todos los hombres cabían en siete botes. Así que cuando se encontraron el ahogado les bastó con mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que estaban completos. 
Aquella noche no salieron a trabajar en el mar. Mientras los hombres averiguaban si no faltaba alguien en los pueblos vecinos, las mujeres se quedaron cuidando al ahogado. Le quitaron el lodo con tapones de esparto, le desenredaron del cabello los abrojos submarinos y le rasparon la rémora con fierros de desescamar pescados. A medida que lo hacían, notaron que su vegetación era de océanos remotos y de aguas profundas, y que sus ropas estaban en piitrafas, como si hubiera navegado por entre laberintos de corales. Notaron también que sobrellevaba la muerte con altivez, pues no tenía el semblante solitario de los otros ahogados del mar, ni tampoco la catadura sórdida y menesteroso de los ahogados fluviales. Pero solamente cuando acabaron de limpiarlo tuvieron conciencia de la clase de hombre que era, y entonces se quedaron sin aliento. No sólo era el más alto, el más fuerte, el más viril y el mejor armado que habían visto jamás, sino que todavía cuando lo estaban viendo no les cabía en la imaginación. 
No encontraron en el pueblo una cama bastante grande para tenderio ni una mesa bastante sólida para velarlo. No le vinieron los pantalones de fiesta de los hombres más altos, ni las camisas dominicales de los más corpulentos, ni los zapatos del mejor plantado. Fascinadas por su desproporción y su hermosura, las mujeres decidieron entonces hacerle unos pantalones con un pedazo de vela cangreja, y una camisa de bramante de novia, para que pudiera continuar su muerte con dignidad. Mientras cosían sentadas en círculo, contemplando el cadáver entre puntada y puntada, les parecía que el viento no había sido nunca tan tenaz ni el Caribe había estado nunca tan ansioso como aquella noche, y suponían que esos cambios tenían algo que ver con el muerto. Pensaban que si aquel hombre magnífico hubiera vivido en el pueblo, su casa habría tenido las puertas más anchas, el techo más alto y el piso más firme, y el bastidor de su cama habría sido de cuadernas maestras con pernos de hierro, y su mujer habría sido la más feliz. Pensaban que habría tenido tanta autoridad que hubiera sacado los peces del mar con sólo llamarlos por sus nombres, y habría puesto tanto empeño en el trabajo que hubiera hecho brotar manantiales de entre las piedras más áridas y hubiera podido sembrar flores en los acantilados. Lo compararon en secreto con sus propios hombres, pensando que no serían capaces de hacer en toda una vida lo que aquél era capaz de hacer en una noche, y terminaron por repudiarlos en el fondo de sus corazones como los seres más escuálidos y mezquinos de la tierra. Andaban extraviadas por esos dédalos de fantasía, cuando la más vieja de las mujeres, que por ser la más vieja había contemplado al ahogado con menos pasión que compasión, suspiró: 
—Tiene cara de llamarse Esteban. 
Era verdad. A la mayoría le bastó con mirarlo otra vez para comprender que no podía tener otro nombre. Las más porfiadas, que eran las más jovenes, se mantuvieron con la ilusión de que al ponerle la ropa, tendido entre flores y con unos zapatos de charol, pudiera llamarse Lautaro. Pero fue una ilusión vana. El lienzo resultó escaso, los pantalones mal cortados y peor cosidos le quedaron estrechos, y las fuerzas ocultas de su corazón hacían saltar los botones de la camisa. Después de la media noche se adelgazaron los silbidos del viento y el mar cayó en el sopor del miércoles. El silencio acabó con las últimas dudas: era Esteban. Las mujeres que lo habían vestido, las que lo habían peinado, las que le habían cortado las uñas y raspado la barba no pudieron reprimir un estremecimiento de compasión cuando tuvieron que resignarse a dejarlo tirado por los suelos. Fue entonces cuando comprendieron cuánto debió haber sido de infeliz con aquel cuerpo descomunal, si hasta después de muerto le estorbaba. Lo vieron condenado en vida a pasar de medio lado por las puertas, a descalabrarse con los travesaños, a permanecer de pie en las visitas sin saber qué hacer con sus tiernas y rosadas manos de buey de mar, mientras la dueña de casa buscaba la silla más resistente y le suplicaba muerta de miedo siéntese aquí Esteban, hágame el favor, y él recostado contra las paredes, sonriendo, no se preocupe señora, así estoy bien, con los talones en carne viva y las espaldas escaldadas de tanto repetir lo mismo en todas las visitas, no se preocupe señora, así estoy bien, sólo para no pasar vergüenza de desbaratar la silla, y acaso sin haber sabido nunca que quienes le decían no te vayas Esteban, espérate siquiera hasta que hierva el café, eran los mismos que después susurraban ya se fue el bobo grande, qué bueno, ya se fue el tonto hermoso. Esto pensaban las mujeres frente al cadáver un poco antes del amanecer. Más tarde, cuando le taparon la cara con un pañuelo para que no le molestara la luz, lo vieron tan muerto para siempre, tan indefenso, tan parecido a sus hombres, que se les abrieron las primeras grietas de lágrimas en el corazón. Fue una de las más jóvenes la que empezó a sollozar. Las otras, asentándose entre sí, pasaron de los suspiros a los lamentos, y mientras más sollozaban más deseos sentían de llorar, porque el ahogado se les iba volviendo cada vez más Esteban, hasta que lo lloraron tanto que fue el hombre más desvalido de la tierra, el más manso y el más servicial, el pobre Esteban. Así que cuando los hombres volvieron con la noticia de que el ahogado no era tampoco de los pueblos vecinos, ellas sintieron un vacío de júbilo entre las lágrimas. 
—¡Bendito sea Dios —suspiraron—: es nuestro! 
Los hombres creyeron que aquellos aspavientos no eran más que frivolidades de mujer. Cansados de las tortuosas averiguaciones de la noche, lo único que querían era quitarse de una vez el estorbo del intruso antes de que prendiera el sol bravo de aquel día árido y sin viento. Improvisaron unas angarillas con restos de trinquetes y botavaras, y las amarraron con carlingas de altura, para que resistieran el peso del cuerpo hasta los acantilados. Quisieron encadenarle a los tobillos un ancla de buque mercante para que fondeara sin tropiezos en los mares más profundos donde los peces son ciegos y los buzos se mueren de nostalgia, de manera que las malas corrientes no fueran a devolverlo a la orilla, como había sucedido con otros cuerpos. Pero mientras más se apresuraban, más cosas se les ocurrían a las mujeres para perder el tiempo. Andaban como gallinas asustadas picoteando amuletos de mar en los arcones, unas estorbando aquí porque querían ponerle al ahogado los escapularios del buen viento, otras estorbando allá para abrocharse una pulsera de orientación, y al cabo de tanto quítate de ahí mujer, ponte donde no estorbes, mira que casi me haces caer sobre el difunto, a los hombres se les subieron al hígado las suspicacias y empezaron a rezongar que con qué objeto tanta ferretería de altar mayor para un forastero, si por muchos estoperoles y calderetas que llevara encima se lo iban a masticar los tiburones, pero ellas seguían tripotando sus reliquias de pacotilla, llevando y trayendo, tropezando, mientras se les iba en suspiros lo que no se les iba en lágrimas, así que los hombres terminaron por despotricar que de cuándo acá semejante alboroto por un muerto al garete, un ahogado de nadie, un fiambre de mierda. Una de las mujeres, mortificada por tanta insolencia, le quitó entonces al cadáver el pañuelo de la cara, y también los hombres se quedaron sin aliento. 
Era Esteban. No hubo que repetirlo para que lo reconocieran. Si les hubieran dicho Sir Walter Raleigh, quizás, hasta ellos se habrían impresionado con su acento de gringo, con su guacamayo en el hombro, con su arcabuz de matar caníbales, pero Esteban solamente podía ser uno en el mundo, y allí estaba tirado como un sábalo, sin botines, con unos pantalones de sietemesino y esas uñas rocallosas que sólo podían cortarse a cuchillo. Bastó con que le quitaran el pañuelo de la cara para darse cuenta de que estaba avergonzado, de que no tenía la culpa de ser tan grande, ni tan pesado ni tan hermoso, y si hubiera sabido que aquello iba a suceder habría buscado un lugar más discreto para ahogarse, en serio, me hubiera amarrado yo mismo un áncora de galón en el cuello y hubiera trastabillado como quien no quiere la cosa en los acantilados, para no andar ahora estorbando con este muerto de miércoles, como ustedes dicen, para no molestar a nadie con esta porquería de fiambre que no tiene nada que ver conmigo. Había tanta verdad en su modo de estar, que hasta los hombres más suspicaces, los que sentían amargas las minuciosas noches del mar temiendo que sus mujeres se cansaran de soñar con ellos para soñar con los ahogados, hasta ésos, y otros más duros, se estremecieron en los tuétanos con la sinceridad de Esteban. 
Fue así como le hicieron los funerales más espléndidos que podían concebirse para un ahogado expósito. Algunas mujeres que habían ido a buscar flores en los pueblos vecinos regresaron con otras que no creían lo que les contaban, y éstas se fueron por más flores cuando vieron al muerto, y llevaron más y más, hasta que hubo tantas flores y tanta gente que apenas si se podía caminar. A última hora les dolió devolverlo huérfano a las aguas, y le eligieron un padre y una madre entre los mejores, y otros se le hicieron hermanos, tíos y primos, así que a través de él todos los habitantes del pueblo terminaron por ser parientes entre sí. Algunos marineros que oyeron el llanto a distancia perdieron la certeza del rumbo, y se supo de uno que se hizo amarrar al palo mayor, recordando antiguas fábulas de sirenas. 
Mientras se disputaban el privilegio de llevarlo en hombros por la pendiente escarpada de los acantilados, hombres y mujeres tuvieron conciencia por primera vez de la desolación de sus calles, la aridez de sus patios, la estrechez de sus sueños, frente al esplendor y la hermosura de su ahogado. Lo soltaron sin ancla, para que volviera si quería, y cuando lo quisiera, y todos retuvieron el aliento durante la fracción de siglos que demoró la caída del cuerpo hasta el abismo. No tuvieron necesidad de mirarse los unos a los otros para darse cuenta de que ya no estaban completos, ni volverían a estarlo jamás. Pero también sabían que todo sería diferente desde entonces, que sus casas iban a tener las puertas más anchas, los techos más altos, los pisos más firmes, para que el recuerdo de Esteban pudiera andar por todas partes sin tropezar con los travesaños, y que nadie se atreviera a susurrar en el futuro ya murió el bobo grande, qué lástima, ya murió el tonto hermoso, porque ellos iban a pintar las fachadas de colores alegres para eternizar la memoria de Esteban, y se iban a romper el espinazo excavando manantiales en las piedras y sembrando flores en los acantilados, para que los amaneceres de los años venturos los pasajeros de los grandes barcos despertaran sofocados por un olor de jardines en altamar, y el capitán tuviera que bajar de su alcázar con su uniforme de gala, con su astrolabio, su estrella polar y su ristra de medallas de guerra, y señalando el promontorio de rosas en el horizonte del Caribe dijera en catorce idiomas: miren allá, donde el viento es ahora tan manso que se queda a dormir debajo de las camas, allá, donde el sol brilla tanto que no saben hacia dónde girar los girasoles, sí, allá, es el pueblo de Esteban.


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Cuestiones sobre la lectura
Otras cuestiones